/ miércoles 14 de noviembre de 2018

“Biblioteca de la periferia”

Juan Carlos Quirarte Méndez

Salesiano, sacerdote. Doctor en Antropología Social

“Se vale descansar”

Muchísimas veces se ha asociado el descanso con muchos malentendidos… con la holgazanería, con estar “desquehacerado”, con la pereza, con la inutilidad, con ser vagabundo, con la desfachatez, y así con muchísimos más adjetivos negativos.

Incluso, se les quiere poner una condena todavía más pesada a quienes menos oportunidades tienen, es decir: a muchos que muestran una precariedad de vida, pareciera que la sociedad les condena a no descansar porque el descanso se ve mal.

Y, por lógica, se suele comprender en esos mismos ámbitos al descanso como un privilegio al que sólo algunos pueden acceder. En síntesis, es como si se viera bien (“por que es lógico”) que el rico o el que tiene accesos y la pasa bien se pueda dar sus “privilegios” para descansar. Pero – por el contrario- quien casi no tiene para vivir o las oportunidades han sido menos presentes en su vida, el descanso es un descaro.

Los mismos roles dominantes de muchas de nuestras sociedades han puesto todavía a la mujer en una condición de mayor desventaja, pues sufren igualmente otra etiqueta negativa. Pareciera que no se les permitiera descansar… y esto porque en el imaginario social cuando se les impuso el rol de ser las “amas de casa” no se consideraba muchas de las veces sus labores domésticas como trabajo (por no ser económicamente remuneradas) y entonces es al género femenino a quienes la mayoría de las veces les correspondía atender a la pareja que llegaba del trabajo (como si el suyo no lo fuera) para que descansara.

Los discursos dominantes imponían un imaginario social de que la mujer valiosa era la mujer hacendosa, la mujer laboriosa, la mujer que también emprendía actividades remunerativas desde su hogar o con el mercado informal, además de atender las labores domésticas, de la crianza y de la atención a su pareja masculina.

Ahora imaginemos las dos categorías juntas: pobreza y mujer… ¡vaya lío!, doble carga de estigma de que no le toca descansar: y darse “lujos” de hacer cosas que le guste hacer y que no “produzcan” puede ser signo de rebeldía o de cinismo.

Podrán decir algunos que esto ya no es tan así, que las cosas han cambiado. Y habrá cierta razón, pero seguimos estando aún muy distantes de una justicia respecto a la valorización del descanso. Sigue habiendo muchísima violencia económica (así se le entiende a esa violencia que padecen muchas mujeres al no reconocérseles sus labores como trabajo y/o a exigírseles una administración de la economía del hogar con el abastecimiento insuficiente de la pareja, donde aquél puede darse el gusto de conservar cierto dinero para sus gustos -alcohol entre otras cosas- mientras que ella todo lo ha de invertir en el común de la familia).

Otras temáticas podrán mirarse que no entraremos esta vez aquí; cuando se debate sobre las participaciones de los menores en las economías domésticas; pues seguimos viendo a muchos niñas y niños empleándose en actividades para obtener dinero que será administrado por sus padres o tutores. Aquí sólo diré de momento que sí, también ellos han de descansar.

Infelizmente a muchos de nosotros quizá nos ha tocado padecer, pero también repetir estos discursos que van conformando las mentalidades. Hemos seguido repitiendo estilos clasistas y estilos patriarcales que ambos dejan al descanso como una categoría que se ve bien en unos cuantos y se estigmatiza en la mayoría.

¡Pero si hasta Dios descansó! Al menos los que profesamos la fe inspirada en la tradición Bíblica vemos este gesto del mismísimo creador (crear es trabajo, es fatigoso) así que el descanso viene bien. Y si estamos ya en ese punto… el mismo libro del Génesis da una pauta muy interesante para comprender el descanso: el descanso es ese momento de contemplación (satisfacción) sobre lo realizado: “Y vio Dios que era muy bueno”.

Allá en la periferia, a los de la periferia del acceso a los bienes, se les considera mal si se les ve descansar. Vienen pronto los estigmas desde el centro, desde los que han poseído más y pueden acceder a más. Allá en la periferia, esa que marca el patriarcado que se pone al centro: pone a la mujer en un lugar en que no es bien visto que descanse sino que elogia a la mujer laboriosa y que no cesa de atender a los suyos y condena a la que se atreve a darse un respiro. Allá en la periferia, esa donde impera el mundo adulto, al niño se le ve más si gasta su tiempo jugando, pues debe desde ahora estar preparándose para que mañana produzca más y mejor, o sino ya desde ahora que deje de jugar y se ponga a “hacer algo productivo”.

Las tendencias de la sociedad consumista nos ha venido dando duro para mirar el ocio como algo terrorífico, pues hasta se le dice “la madre de todos los vicios”. O al descanso se le traduce como un no-producir. Cuando vemos que el descanso, como también el trabajo, son condiciones que humanizan. Pues un descanso se entiende -además de recuperar fuerzas- como una pausa para la contemplación-satisfacción, para el disfrute de uno mismo y de su entorno. Tenemos mucho por disfrutar también, y nuestro mundo nos lo ofrece.. la misma periferia nos ha enseñado que en eso que nosotros llamamos “periferia” se saben también descansar y recuperar su sentido de vida.

Allá en la periferia… allá donde el centro ve que es la orilla, también se vale descansar.

Juan Carlos Quirarte Méndez

Salesiano, sacerdote. Doctor en Antropología Social

“Se vale descansar”

Muchísimas veces se ha asociado el descanso con muchos malentendidos… con la holgazanería, con estar “desquehacerado”, con la pereza, con la inutilidad, con ser vagabundo, con la desfachatez, y así con muchísimos más adjetivos negativos.

Incluso, se les quiere poner una condena todavía más pesada a quienes menos oportunidades tienen, es decir: a muchos que muestran una precariedad de vida, pareciera que la sociedad les condena a no descansar porque el descanso se ve mal.

Y, por lógica, se suele comprender en esos mismos ámbitos al descanso como un privilegio al que sólo algunos pueden acceder. En síntesis, es como si se viera bien (“por que es lógico”) que el rico o el que tiene accesos y la pasa bien se pueda dar sus “privilegios” para descansar. Pero – por el contrario- quien casi no tiene para vivir o las oportunidades han sido menos presentes en su vida, el descanso es un descaro.

Los mismos roles dominantes de muchas de nuestras sociedades han puesto todavía a la mujer en una condición de mayor desventaja, pues sufren igualmente otra etiqueta negativa. Pareciera que no se les permitiera descansar… y esto porque en el imaginario social cuando se les impuso el rol de ser las “amas de casa” no se consideraba muchas de las veces sus labores domésticas como trabajo (por no ser económicamente remuneradas) y entonces es al género femenino a quienes la mayoría de las veces les correspondía atender a la pareja que llegaba del trabajo (como si el suyo no lo fuera) para que descansara.

Los discursos dominantes imponían un imaginario social de que la mujer valiosa era la mujer hacendosa, la mujer laboriosa, la mujer que también emprendía actividades remunerativas desde su hogar o con el mercado informal, además de atender las labores domésticas, de la crianza y de la atención a su pareja masculina.

Ahora imaginemos las dos categorías juntas: pobreza y mujer… ¡vaya lío!, doble carga de estigma de que no le toca descansar: y darse “lujos” de hacer cosas que le guste hacer y que no “produzcan” puede ser signo de rebeldía o de cinismo.

Podrán decir algunos que esto ya no es tan así, que las cosas han cambiado. Y habrá cierta razón, pero seguimos estando aún muy distantes de una justicia respecto a la valorización del descanso. Sigue habiendo muchísima violencia económica (así se le entiende a esa violencia que padecen muchas mujeres al no reconocérseles sus labores como trabajo y/o a exigírseles una administración de la economía del hogar con el abastecimiento insuficiente de la pareja, donde aquél puede darse el gusto de conservar cierto dinero para sus gustos -alcohol entre otras cosas- mientras que ella todo lo ha de invertir en el común de la familia).

Otras temáticas podrán mirarse que no entraremos esta vez aquí; cuando se debate sobre las participaciones de los menores en las economías domésticas; pues seguimos viendo a muchos niñas y niños empleándose en actividades para obtener dinero que será administrado por sus padres o tutores. Aquí sólo diré de momento que sí, también ellos han de descansar.

Infelizmente a muchos de nosotros quizá nos ha tocado padecer, pero también repetir estos discursos que van conformando las mentalidades. Hemos seguido repitiendo estilos clasistas y estilos patriarcales que ambos dejan al descanso como una categoría que se ve bien en unos cuantos y se estigmatiza en la mayoría.

¡Pero si hasta Dios descansó! Al menos los que profesamos la fe inspirada en la tradición Bíblica vemos este gesto del mismísimo creador (crear es trabajo, es fatigoso) así que el descanso viene bien. Y si estamos ya en ese punto… el mismo libro del Génesis da una pauta muy interesante para comprender el descanso: el descanso es ese momento de contemplación (satisfacción) sobre lo realizado: “Y vio Dios que era muy bueno”.

Allá en la periferia, a los de la periferia del acceso a los bienes, se les considera mal si se les ve descansar. Vienen pronto los estigmas desde el centro, desde los que han poseído más y pueden acceder a más. Allá en la periferia, esa que marca el patriarcado que se pone al centro: pone a la mujer en un lugar en que no es bien visto que descanse sino que elogia a la mujer laboriosa y que no cesa de atender a los suyos y condena a la que se atreve a darse un respiro. Allá en la periferia, esa donde impera el mundo adulto, al niño se le ve más si gasta su tiempo jugando, pues debe desde ahora estar preparándose para que mañana produzca más y mejor, o sino ya desde ahora que deje de jugar y se ponga a “hacer algo productivo”.

Las tendencias de la sociedad consumista nos ha venido dando duro para mirar el ocio como algo terrorífico, pues hasta se le dice “la madre de todos los vicios”. O al descanso se le traduce como un no-producir. Cuando vemos que el descanso, como también el trabajo, son condiciones que humanizan. Pues un descanso se entiende -además de recuperar fuerzas- como una pausa para la contemplación-satisfacción, para el disfrute de uno mismo y de su entorno. Tenemos mucho por disfrutar también, y nuestro mundo nos lo ofrece.. la misma periferia nos ha enseñado que en eso que nosotros llamamos “periferia” se saben también descansar y recuperar su sentido de vida.

Allá en la periferia… allá donde el centro ve que es la orilla, también se vale descansar.

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