/ miércoles 21 de noviembre de 2018

“Biblioteca de la periferia”

“Yo y mis circunstancias”



Ciertamente es sin intención mala, pero muchas veces varios de nosotros hemos escrito o descrito a otros como “marginados”, como “vulnerables”… que son adjetivos que revelan grandes verdades: hechos de desigualdad de oportunidades, de desventajas de unos respecto de otros en un mismo contexto.


Pero si nos detenemos y pensamos un tanto más en el peso de estos adjetivos sobre los sujetos a quienes se los colocamos, nos haría pensar en una verdad aún mayor y más contundente: no son los sujetos en sí los que deberían poseer ese adjetivo sino sus contextos.


Podrá parecer una sutileza del lenguaje, pero sí que marca diferencia el que al referirnos a los otros; que la sociedad ubica “en la periferia”, se puede identificar esa manera de llamarles. Aquí los ejemplos:

“Jóvenes marginados”

“Población vulnerable”

“Familias pobres”


Pero qué sucede si ajustamos un tanto y decimos:

“jóvenes en contextos marginados”

“Población en situación de vulnerabilidad”

“Familias en condiciones de pobreza”


¿Por qué hacer esta distinción?, Porque la fuerza de la palabra tiene mucha resonancia en la manera de interpretar y asumir la realidad, que muchas veces acaba convirtiendo un imaginario social, una manera de ver y asumir el mundo y, por lo tanto, una manera de actuar (o no actuar) en ese mundo.


No es negar ni la marginalidad, ni la vulnerabilidad o la pobreza. Es afirmarla, pero ponerla en su lugar, pues podemos ser testigos de tantas personas que en dichos contextos son capaces no sólo de salir de ese espiral de desventajas (de marginación, vulneración y pobreza) sino que incluso se convierten ellos mismos en actores protagónicos en sus contextos para transformarlos en áreas de mayor oportunidad, de alternativas y accesos para los más posibles.


Cuando colocamos los adjetivos sobre las personas, entonces estamos fomentando otros elementos que no son positivos; como la dependencia, el cosificarles, el impulsar acciones verticalistas y descendentes que se reflejan en intervenciones (aunque con buenas intenciones muchas de las veces) pero que no agotan las problemáticas.


Si miramos esas realidades como un “ecosistema” en el cuál les ha tocado crecer y convivir a esas personas (un ecosistema en condiciones de marginalidad, en condiciones de pobreza, en condiciones de vulnerabilidad), no le quitamos al sujeto su singularidad y su capacidad de emerger aún en dichas situaciones adversas. Y quien desde fuera ve o entra a dicho espacio, cambia el enfoque más hacia una “interacción” que hacia una “intervención”, pues los sujetos que están en tales condiciones pueden ser capaces de cambiar dichos contextos.


Los barrios de la periferia viven esos contextos, los espacios que han sido marginalizados por el “centro dominante”; que por lo tanto quedan más expuestos al desamparo y por ello son espacios “de vulnerabilidad” y que emanan diversos tipos de “pobrezas”. Pero ahí, en esos mismos “ecosistemas sociales”, los mismos miembros de esas comunidades son capaces de salir de una ruta que pareciera les predestinaría a una vida al margen de las oportunidades y los accesos que otros pueden alcanzar.


También vemos y somos testigos de otros que buscan dejar atrás esas mismas condiciones, y se ven obligados a tratar de alcanzar otras condiciones de vida fuera de sus espacios donde nacieron y crecieron. Quizá muchos de nosotros podemos -sin mala intención- poner en aquellos esa etiqueta que están queriendo dejar atrás. Y les hacemos cargar un lastre que la misma sociedad les ha puesto en sus hombros.


¡Nadie ha de ser catalogado marginado! Pues nadie merece sernos indiferente; ¡Ninguna población debiese decirse vulnerable! Pues todos como somos fuertes por estar interconectados; ¡No debiese considerarse ninguna familia pobre! Pues nuestra mayor riqueza está en que nadie vino a este mundo por sí solo.


Hoy estamos llamados, más que nunca, ha luchar por formar un mundo en que quepan muchos mundos, pero que cada uno de estos contextos no atrapen a los que en ellos habitan, sino que se conviertan en oportunidad de crecimiento y de la búsqueda del cuidado de la casa común, la casa de todos. Esa casa donde todos los que habitan ahí puedan y sientan esa libertad de desarrollar toda su capacidad que se les ha dado desde el día que fueron llamados a la existencia.


“Yo y mis circunstancias”



Ciertamente es sin intención mala, pero muchas veces varios de nosotros hemos escrito o descrito a otros como “marginados”, como “vulnerables”… que son adjetivos que revelan grandes verdades: hechos de desigualdad de oportunidades, de desventajas de unos respecto de otros en un mismo contexto.


Pero si nos detenemos y pensamos un tanto más en el peso de estos adjetivos sobre los sujetos a quienes se los colocamos, nos haría pensar en una verdad aún mayor y más contundente: no son los sujetos en sí los que deberían poseer ese adjetivo sino sus contextos.


Podrá parecer una sutileza del lenguaje, pero sí que marca diferencia el que al referirnos a los otros; que la sociedad ubica “en la periferia”, se puede identificar esa manera de llamarles. Aquí los ejemplos:

“Jóvenes marginados”

“Población vulnerable”

“Familias pobres”


Pero qué sucede si ajustamos un tanto y decimos:

“jóvenes en contextos marginados”

“Población en situación de vulnerabilidad”

“Familias en condiciones de pobreza”


¿Por qué hacer esta distinción?, Porque la fuerza de la palabra tiene mucha resonancia en la manera de interpretar y asumir la realidad, que muchas veces acaba convirtiendo un imaginario social, una manera de ver y asumir el mundo y, por lo tanto, una manera de actuar (o no actuar) en ese mundo.


No es negar ni la marginalidad, ni la vulnerabilidad o la pobreza. Es afirmarla, pero ponerla en su lugar, pues podemos ser testigos de tantas personas que en dichos contextos son capaces no sólo de salir de ese espiral de desventajas (de marginación, vulneración y pobreza) sino que incluso se convierten ellos mismos en actores protagónicos en sus contextos para transformarlos en áreas de mayor oportunidad, de alternativas y accesos para los más posibles.


Cuando colocamos los adjetivos sobre las personas, entonces estamos fomentando otros elementos que no son positivos; como la dependencia, el cosificarles, el impulsar acciones verticalistas y descendentes que se reflejan en intervenciones (aunque con buenas intenciones muchas de las veces) pero que no agotan las problemáticas.


Si miramos esas realidades como un “ecosistema” en el cuál les ha tocado crecer y convivir a esas personas (un ecosistema en condiciones de marginalidad, en condiciones de pobreza, en condiciones de vulnerabilidad), no le quitamos al sujeto su singularidad y su capacidad de emerger aún en dichas situaciones adversas. Y quien desde fuera ve o entra a dicho espacio, cambia el enfoque más hacia una “interacción” que hacia una “intervención”, pues los sujetos que están en tales condiciones pueden ser capaces de cambiar dichos contextos.


Los barrios de la periferia viven esos contextos, los espacios que han sido marginalizados por el “centro dominante”; que por lo tanto quedan más expuestos al desamparo y por ello son espacios “de vulnerabilidad” y que emanan diversos tipos de “pobrezas”. Pero ahí, en esos mismos “ecosistemas sociales”, los mismos miembros de esas comunidades son capaces de salir de una ruta que pareciera les predestinaría a una vida al margen de las oportunidades y los accesos que otros pueden alcanzar.


También vemos y somos testigos de otros que buscan dejar atrás esas mismas condiciones, y se ven obligados a tratar de alcanzar otras condiciones de vida fuera de sus espacios donde nacieron y crecieron. Quizá muchos de nosotros podemos -sin mala intención- poner en aquellos esa etiqueta que están queriendo dejar atrás. Y les hacemos cargar un lastre que la misma sociedad les ha puesto en sus hombros.


¡Nadie ha de ser catalogado marginado! Pues nadie merece sernos indiferente; ¡Ninguna población debiese decirse vulnerable! Pues todos como somos fuertes por estar interconectados; ¡No debiese considerarse ninguna familia pobre! Pues nuestra mayor riqueza está en que nadie vino a este mundo por sí solo.


Hoy estamos llamados, más que nunca, ha luchar por formar un mundo en que quepan muchos mundos, pero que cada uno de estos contextos no atrapen a los que en ellos habitan, sino que se conviertan en oportunidad de crecimiento y de la búsqueda del cuidado de la casa común, la casa de todos. Esa casa donde todos los que habitan ahí puedan y sientan esa libertad de desarrollar toda su capacidad que se les ha dado desde el día que fueron llamados a la existencia.


miércoles 26 de junio de 2019

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