/ miércoles 28 de noviembre de 2018

“Biblioteca de la periferia”

“¿Existen los feos?”


Parte de las enseñanzas o instrucciones en la vida que recibimos es la de catalogar; separamos y vamos conformando nuestro sistema de valores, ubicando algunas cosas como deseables, atractivas o, por el contrario: detestables y repulsivas.


En el campo de la estética esto igualmente sucede; y desde cierta edad empezamos a adquirir esos principios sociales que se establecen como los parámetros convencionales sobre estándares de belleza o de fealdad. Así, a algunos nos podrán medir como feos, como bellos o, ya al menos -para aminorar el golpe- como curiositos o pintorescos.


Y como la Biblioteca de la periferia nos ha venido mostrando: vemos que ese centro dominante separa y arroja a la orilla, a “la periferia”, lo feo, lo no-bello, lo que en ese instalado convencionalismo del estándar de la belleza considera como “non grato”. No permitiendo que aquello considerado feo se mezcle con lo que es considerado bello y si por alguna cosa llegara a pasar que alguien de la periferia cruce y se acerque a ese centro… es visto como una cosa escandalosa y que altera ese “orden establecido” de lo que debe ser.


Muchas veces nuestros lenguajes cotidianos y coloquiales siguen reafirmando estas distinciones, sin darnos cuenta y sin llevar malas intenciones, pero simplemente reafirman esas cosas que acríticamente fuimos aprendiendo y repitiendo: “curioso es pariente de lo feo”, “verbo mata galán”, “feo pero de buen corazón”, etc.


No es algo nuevo… desde los escritos más antiguos se han visto estas distinciones que rompen con los convencionalismos sobre la belleza. La misma mitología griega lo describe, como sucede en la historia de Efesto (luego conocido como Vulcano), quien al nacer fue despreciado por su madre, la diosa Hera, y arrojado al mar desde el monte Olimpo.


Esta misma narración nos lleva luego a la enseñanza; pues ante el desprecio y abandono de Efesto, Testi y sus hermanas de ésta le salvan y protegen.. y en su nuevo hogar se va destacando sus habilidades y grandes talentos, como es su manipulación del fuego y la elaboración de hermosísimas piezas de hierro forjadas al fuego, su internación en la isla dentro del Volcán Etna y su control y adiestramiento de los cíclopes que habitaban aquel lugar. Extendiendo su fama a tal manera que todo mundo quería conocerle, incluyendo su propia madre Heras y Zeus que le querían hacer volver a Olimpo para celebrarlo y exhibirlo ante todos los dioses. El buen Efesto, empoderado y con el orgullo de quien sabe que ha luchado contra la adversidad, no acepta la invitación de quienes antes le expulsaron… pero con artimañas fue retornado a su origen y ahí hubo mutua admiración y reconocimiento entre los dos polos de opinión de los demás: por un lado el “feísimo” Efesto (ya conocido como Vulcano), y la “bellísima” Afrodita, a quien todos reconocían como la más hermosa. Donde el primero vio la gentileza de aquella y ésta, vio el talento y destreza de aquel.


Vivimos en un mundo de grandes diversidades, y en esa inmensidad de diferencias radica precisamente lo maravilloso de nuestro mundo. Infelizmente unas tendencias dominantes nos marcan tanto que colocamos etiquetas de separación y catalogamos a unos por encima de los otros en relación a una de tantas cosas que cada persona posee: su apariencia física. Y ante algo que remite a la singularidad o subjetividad, se pretende colocar la categoría que determina la aceptación o el rechazo, la admiración o la repulsión. Y hacemos de un mundo que puede convertirse en una exquisita polifonía de seres bellos en sí mismos por el propio tono que marcan, a una caótica y separatista segregación de seres por las clasificarles en dos bruscos e injustos bloques.


La exacerbación de estándares dominantes nos pueden hacer caer en las pretensiones de sentirnos parte de un gremio o de otro: o bien de aquel que nos haga sentirnos aceptados y hasta superiores porque podemos ser considerados en la clasificación de los admirados por la considerada “belleza”, o bien de aquél otro que nos haga sentirnos rechazados e incluso inferiores porque no formamos parte de esa “elite privilegiada” y nos tocó nacer feos.


Algunos podrían decir; “bueno, si te tocó ser feo debes destacar en algo.. sé deportista famoso, o gran músico o un intelectual de primer orden”, como si una cosa supliese u opaca la otra. Lo que bien es cierto es que la propia genuinidad que cada cual posee es la mayor belleza que se tiene. Y la capacidad de proyectar y apropiarse de eso con lo que se cuenta y se puede llegar a ser, así como la sagacidad de reconocer a los otros en la misma dignidad son aquellas virtudes que otros muchos han celebrado y aplaudido de muchos seres humanos.


Muchas de las veces la belleza no radica tanto en lo que “se nos ha dado” desde el nacer (como pasó con esa impresión que tuvo Hera de su hijo Efesto) sino en lo que hemos hecho y hacemos con esa vida recibida.


Es así como podríamos decir que todos, todos somos “amables”, entendiendo por este concepto no aquello que muchos han venido comprendiendo: que amable es el que se comporta adecuadamente según ciertos cánones de urbanismos. No… amable significa “digno de ser amado”. Esto pareciese un verbo meramente pasivo… y lo es en un principio, pero también se ha de convertir en una acción transitiva… en el que es está siendo amado porque se hace amar, y ahí ya implica la propia forma en que se está viviendo. Y en este sentido podemos decir que todo ser humano es digno de tal don, aunque sobre la marcha muchas de las veces no se ha sabido cuidar.


“¿Existen los feos?”


Parte de las enseñanzas o instrucciones en la vida que recibimos es la de catalogar; separamos y vamos conformando nuestro sistema de valores, ubicando algunas cosas como deseables, atractivas o, por el contrario: detestables y repulsivas.


En el campo de la estética esto igualmente sucede; y desde cierta edad empezamos a adquirir esos principios sociales que se establecen como los parámetros convencionales sobre estándares de belleza o de fealdad. Así, a algunos nos podrán medir como feos, como bellos o, ya al menos -para aminorar el golpe- como curiositos o pintorescos.


Y como la Biblioteca de la periferia nos ha venido mostrando: vemos que ese centro dominante separa y arroja a la orilla, a “la periferia”, lo feo, lo no-bello, lo que en ese instalado convencionalismo del estándar de la belleza considera como “non grato”. No permitiendo que aquello considerado feo se mezcle con lo que es considerado bello y si por alguna cosa llegara a pasar que alguien de la periferia cruce y se acerque a ese centro… es visto como una cosa escandalosa y que altera ese “orden establecido” de lo que debe ser.


Muchas veces nuestros lenguajes cotidianos y coloquiales siguen reafirmando estas distinciones, sin darnos cuenta y sin llevar malas intenciones, pero simplemente reafirman esas cosas que acríticamente fuimos aprendiendo y repitiendo: “curioso es pariente de lo feo”, “verbo mata galán”, “feo pero de buen corazón”, etc.


No es algo nuevo… desde los escritos más antiguos se han visto estas distinciones que rompen con los convencionalismos sobre la belleza. La misma mitología griega lo describe, como sucede en la historia de Efesto (luego conocido como Vulcano), quien al nacer fue despreciado por su madre, la diosa Hera, y arrojado al mar desde el monte Olimpo.


Esta misma narración nos lleva luego a la enseñanza; pues ante el desprecio y abandono de Efesto, Testi y sus hermanas de ésta le salvan y protegen.. y en su nuevo hogar se va destacando sus habilidades y grandes talentos, como es su manipulación del fuego y la elaboración de hermosísimas piezas de hierro forjadas al fuego, su internación en la isla dentro del Volcán Etna y su control y adiestramiento de los cíclopes que habitaban aquel lugar. Extendiendo su fama a tal manera que todo mundo quería conocerle, incluyendo su propia madre Heras y Zeus que le querían hacer volver a Olimpo para celebrarlo y exhibirlo ante todos los dioses. El buen Efesto, empoderado y con el orgullo de quien sabe que ha luchado contra la adversidad, no acepta la invitación de quienes antes le expulsaron… pero con artimañas fue retornado a su origen y ahí hubo mutua admiración y reconocimiento entre los dos polos de opinión de los demás: por un lado el “feísimo” Efesto (ya conocido como Vulcano), y la “bellísima” Afrodita, a quien todos reconocían como la más hermosa. Donde el primero vio la gentileza de aquella y ésta, vio el talento y destreza de aquel.


Vivimos en un mundo de grandes diversidades, y en esa inmensidad de diferencias radica precisamente lo maravilloso de nuestro mundo. Infelizmente unas tendencias dominantes nos marcan tanto que colocamos etiquetas de separación y catalogamos a unos por encima de los otros en relación a una de tantas cosas que cada persona posee: su apariencia física. Y ante algo que remite a la singularidad o subjetividad, se pretende colocar la categoría que determina la aceptación o el rechazo, la admiración o la repulsión. Y hacemos de un mundo que puede convertirse en una exquisita polifonía de seres bellos en sí mismos por el propio tono que marcan, a una caótica y separatista segregación de seres por las clasificarles en dos bruscos e injustos bloques.


La exacerbación de estándares dominantes nos pueden hacer caer en las pretensiones de sentirnos parte de un gremio o de otro: o bien de aquel que nos haga sentirnos aceptados y hasta superiores porque podemos ser considerados en la clasificación de los admirados por la considerada “belleza”, o bien de aquél otro que nos haga sentirnos rechazados e incluso inferiores porque no formamos parte de esa “elite privilegiada” y nos tocó nacer feos.


Algunos podrían decir; “bueno, si te tocó ser feo debes destacar en algo.. sé deportista famoso, o gran músico o un intelectual de primer orden”, como si una cosa supliese u opaca la otra. Lo que bien es cierto es que la propia genuinidad que cada cual posee es la mayor belleza que se tiene. Y la capacidad de proyectar y apropiarse de eso con lo que se cuenta y se puede llegar a ser, así como la sagacidad de reconocer a los otros en la misma dignidad son aquellas virtudes que otros muchos han celebrado y aplaudido de muchos seres humanos.


Muchas de las veces la belleza no radica tanto en lo que “se nos ha dado” desde el nacer (como pasó con esa impresión que tuvo Hera de su hijo Efesto) sino en lo que hemos hecho y hacemos con esa vida recibida.


Es así como podríamos decir que todos, todos somos “amables”, entendiendo por este concepto no aquello que muchos han venido comprendiendo: que amable es el que se comporta adecuadamente según ciertos cánones de urbanismos. No… amable significa “digno de ser amado”. Esto pareciese un verbo meramente pasivo… y lo es en un principio, pero también se ha de convertir en una acción transitiva… en el que es está siendo amado porque se hace amar, y ahí ya implica la propia forma en que se está viviendo. Y en este sentido podemos decir que todo ser humano es digno de tal don, aunque sobre la marcha muchas de las veces no se ha sabido cuidar.


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