/ jueves 20 de diciembre de 2018

“Biblioteca de la periferia”

“La paradoja de los fuertes en zonas de vulnerabilidad”



Infelizmente nuestro mundo ha dividido las agrupaciones humanas por diversas categorías. Si bien a todos los seres humanos nos unifica nuestra capacidad volitiva, desiderativa, racional y emocional, así como la capacidad de introspección y de trascender… al mismo tiempo las sociedades a lo largo de los años se han separado por diverso aspectos: raza, nacionalismo, lenguaje, religiones, afinidades de expresiones culturales, adquisiciones de bienes y economías, etc.


Y si bien en los tiempos actuales y por diversos motivos, nos encontramos con sociedades no homogéneas, sino más bien marcadas por diversidades, donde cohabitan las heterogeneidades; diversas religiones, diversos orígenes raciales, variados lenguajes maternos, orígenes muy variados que provocan mezclas culturales, incluso una gran diversidad de estratos económicos.


En estas formas de separar y de sectorizar nuestros espacios en nuestras ciudades, muchas veces empleamos términos para diferenciar nuestras interacciones. Y no es con mala intención, simplemente muchas de las veces son formas que se hacen convencionales para poder entender hacia qué tipo de grupo nos referimos.


Esto suele pasar mucho en el ámbito de la intervención social, donde la interacción con grupos específicos adquieren nominaciones que hacen entender su condición de desigualdad y desventaja.


Entre tantas categorías, quisiera centrarme en una. Aquella en la que a algunas agrupaciones les llamamos “grupos vulnerables” o “población vulnerable”.


En vez de hablar de “población vulnerable” es preciso cambiar a “poblaciones en situación de vulnerabilidades”. Más que el cambio gramatical es comprender que las poblaciones no son entidades pasivas. Ellos mismos son actores y sujetos. Se puede observar a individuos que han sido expuestos a ciclos de violencia y no los replican -como sucede infelizmente en la mayoría de los casos-, sino que es posible entender que entre esas poblaciones en situación de vulnerabilidad hay quienes rompen esos ciclos de violencia de forma consciente (o inconsciente) e, incluso, pueden convertirse en agentes pacificadores en su territorio.


De ahí que aún en el lenguaje, nos vendría muy bien tratar de quitar ciertos adjetivos, que llegan a provocar -inconscientemente e involuntariamente- una cosificación de las personas, reduciéndolas a meros objetos de nuestra intervención. Pues lo mismo pudiera decirse de “poblaciones marginadas” cuando pudiera ser más preciso el señalar “población en situación de marginación”, o “poblaciones pobres” cuando le da más sentido el decir: “poblaciones en situación de pobreza”… y en esa misma línea podríamos hacerlo con “violentas”, con “analfabetas”, con “agresivas”, etc.


No es sólo separar el adjetivo del sujeto, sino que es también el poder entender que dentro de esas condiciones (en situación de vulnerabilidad, en situación de pobreza, en situación de pobreza, en situación de violencias, etc.) ahí mismo dentro existe también la diversidad.


¿Cuántas veces encontramos en barrios en situaciones vulnerables a individuos que suelen salir de ese ciclo y -empoderados- se reafirman en su condiciones de actores capaces de transformar su propia vida y la de sus círculos más aledaños? Muchas de las ocasiones hemos reconocido que los mejores proyectos sociales son aquellos en los que las mismas personas que habitan y actúan en dichas poblaciones, son las que protagonizan el propio proyecto. De ahí que entonces también sea más conveniente señalar en el ámbito del trabajo social que se “interactúa con tales poblaciones” en vez de decir que se “interviene con tales poblaciones”.


Es verdad, estar expuesto a un entorno de diversos tipos de violencias, a unas condiciones de pobreza y marginación que colocan un ámbito de vulnerabilidad y situación de riesgo exponencial, son arenas complicadas, pero que no determinan que todos los moradores se identifiquen de igual forma con su situación del entorno. De ahí lo laudable de la resiliencia, del empoderamiento, de la capacidad del auto cuidado.


De ahí la grande paradoja que nos hace ver que cuando somos débiles, entonces somos fuertes, de que cuando nos dan por muertos, podemos levantarnos y andar con rostro alzado. De que no existe ni pobreza, ni marginación, ni situación más agresiva contra el ser humano que impida que brote de este mismo ser, lo más grande y maravilloso que posee: su capacidad de resurgir de entre las cenizas, porque ahí… donde hay cenizas, si se mueve un poco, se reaviva la llama.



“La paradoja de los fuertes en zonas de vulnerabilidad”



Infelizmente nuestro mundo ha dividido las agrupaciones humanas por diversas categorías. Si bien a todos los seres humanos nos unifica nuestra capacidad volitiva, desiderativa, racional y emocional, así como la capacidad de introspección y de trascender… al mismo tiempo las sociedades a lo largo de los años se han separado por diverso aspectos: raza, nacionalismo, lenguaje, religiones, afinidades de expresiones culturales, adquisiciones de bienes y economías, etc.


Y si bien en los tiempos actuales y por diversos motivos, nos encontramos con sociedades no homogéneas, sino más bien marcadas por diversidades, donde cohabitan las heterogeneidades; diversas religiones, diversos orígenes raciales, variados lenguajes maternos, orígenes muy variados que provocan mezclas culturales, incluso una gran diversidad de estratos económicos.


En estas formas de separar y de sectorizar nuestros espacios en nuestras ciudades, muchas veces empleamos términos para diferenciar nuestras interacciones. Y no es con mala intención, simplemente muchas de las veces son formas que se hacen convencionales para poder entender hacia qué tipo de grupo nos referimos.


Esto suele pasar mucho en el ámbito de la intervención social, donde la interacción con grupos específicos adquieren nominaciones que hacen entender su condición de desigualdad y desventaja.


Entre tantas categorías, quisiera centrarme en una. Aquella en la que a algunas agrupaciones les llamamos “grupos vulnerables” o “población vulnerable”.


En vez de hablar de “población vulnerable” es preciso cambiar a “poblaciones en situación de vulnerabilidades”. Más que el cambio gramatical es comprender que las poblaciones no son entidades pasivas. Ellos mismos son actores y sujetos. Se puede observar a individuos que han sido expuestos a ciclos de violencia y no los replican -como sucede infelizmente en la mayoría de los casos-, sino que es posible entender que entre esas poblaciones en situación de vulnerabilidad hay quienes rompen esos ciclos de violencia de forma consciente (o inconsciente) e, incluso, pueden convertirse en agentes pacificadores en su territorio.


De ahí que aún en el lenguaje, nos vendría muy bien tratar de quitar ciertos adjetivos, que llegan a provocar -inconscientemente e involuntariamente- una cosificación de las personas, reduciéndolas a meros objetos de nuestra intervención. Pues lo mismo pudiera decirse de “poblaciones marginadas” cuando pudiera ser más preciso el señalar “población en situación de marginación”, o “poblaciones pobres” cuando le da más sentido el decir: “poblaciones en situación de pobreza”… y en esa misma línea podríamos hacerlo con “violentas”, con “analfabetas”, con “agresivas”, etc.


No es sólo separar el adjetivo del sujeto, sino que es también el poder entender que dentro de esas condiciones (en situación de vulnerabilidad, en situación de pobreza, en situación de pobreza, en situación de violencias, etc.) ahí mismo dentro existe también la diversidad.


¿Cuántas veces encontramos en barrios en situaciones vulnerables a individuos que suelen salir de ese ciclo y -empoderados- se reafirman en su condiciones de actores capaces de transformar su propia vida y la de sus círculos más aledaños? Muchas de las ocasiones hemos reconocido que los mejores proyectos sociales son aquellos en los que las mismas personas que habitan y actúan en dichas poblaciones, son las que protagonizan el propio proyecto. De ahí que entonces también sea más conveniente señalar en el ámbito del trabajo social que se “interactúa con tales poblaciones” en vez de decir que se “interviene con tales poblaciones”.


Es verdad, estar expuesto a un entorno de diversos tipos de violencias, a unas condiciones de pobreza y marginación que colocan un ámbito de vulnerabilidad y situación de riesgo exponencial, son arenas complicadas, pero que no determinan que todos los moradores se identifiquen de igual forma con su situación del entorno. De ahí lo laudable de la resiliencia, del empoderamiento, de la capacidad del auto cuidado.


De ahí la grande paradoja que nos hace ver que cuando somos débiles, entonces somos fuertes, de que cuando nos dan por muertos, podemos levantarnos y andar con rostro alzado. De que no existe ni pobreza, ni marginación, ni situación más agresiva contra el ser humano que impida que brote de este mismo ser, lo más grande y maravilloso que posee: su capacidad de resurgir de entre las cenizas, porque ahí… donde hay cenizas, si se mueve un poco, se reaviva la llama.



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