/ jueves 14 de marzo de 2019

“Biblioteca de la periferia”

Juan Carlos Quirarte Méndez

Salesiano, sacerdote. Doctor en Antropología Social

“La economía del don”

Nuestra sociedad nos ha venido acentuando insistentemente que el crecimiento económico es un grande valor. Ciertamente es bueno el tener y acceder a los bienes, pero el exacerbamiento actual de preponderar la economía como la capacidad de acumular capital, nos ha venido tergiversando y dejando muy cortos los ideales de una sociedad humanista.

Una cosa es comprenderse a la economía como la manera de adquisición del beneficio del capital, lo cual hace de la gestión económica un fin en sí mismo, y otra cosa es comprender la economía como la manera de administrar los bienes que se tienen. Esta segunda forma subordina la economía a un bien mayor, y ese bien mayor es la persona, la comunidad de personas.

De ahí entonces, que quien entienda por crecimiento económico el “tener más entre todos”, está reflejando -desde mi punto de vista- una visión reduccionista, al considerar que la única vía de mejora es la de tener más cosas. Tener más no necesariamente equivale a estar mejor. El pensar así -que crecimiento económico es tener más”, lleva incluso a la pretensión del crecimiento ilimitado, lo cual no cuida la creación para preservarla, sino que se mira la inmediatez de una acumulación y se descuida su salvaguarda al explotarla, agotando todos sus recursos y comprometiendo así su supervivencia futura de los mismos.

Una sociedad que prepondere una comprensión de la economía de este modo, está legitimando a una sociedad de egoístas, es decir: el afán del lucro es lo primero que se busca y se mira a los otros como posibles competidores. No porque exista una maldad intrínseca y consciente en cada sujeto, al contario…. Se nos ha inculcado tanto por los modos de nuestros sistemas actuales que esto es un valor, que consideramos virtuoso incluso el emplearnos así, pero no nos damos cuenta que podemos perder otras cosas muy importantes.

Nuestra sociedad necesita redireccionar este modelo dominante, es imprescindible buscar otras maneras para encontrar un desarrollo integral, solidario y sostenible. Hacer de nuestros espacios un lugar donde todos podamos disfrutar de los suficientes bienes y servicios para llevar una vida digna.

Muchas veces, esos lugares que llamamos periferias nos ayudan a comprender que existen otras visiones y comprensiones de una administración, donde la subordinación de valores están todos ellos consecuentes de la primera que es la de la propia persona.

Podríamos pensar e imaginar un mundo donde lo importante no sea la acumulación, sino un lugar donde todos tengamos lo suficiente para una vida digna. Dar el cambio de buscar tener más entre todos, a que todos tengan al menos lo suficiente.

Pero lograr esto no es fácil, es arrancar convicciones y discursos dominantes de una cultura que nos incita y llama al consumo desmedido, a la acumulación, a la competitividad. Pasar al otro esquema nos invita a mirar otros temas a veces comprendidos como ilusorios e irrelevantes: bien común, fraternidad, la dinámica del don (donarse), la colaboración y la participación solidaria, la aceptación y apoyo para quienes no porque no quieran, sino que sus condiciones les han complicado más el acceso a los bienes.

Muchos de esos lugares llamados periferias, al quedar marginados de un sistema dominante que por su propia naturaleza es excluyente, ha generado en dichas comunidades la búsqueda alternativa, no siempre bien encauzado… pero cuando encuentran y miran ese bien común, aun en situaciones de desventaja, dan ejemplo de una solidaridad y participación que les lleva a una búsqueda prioritaria del bien común y genera economías no egoístas e individualistas, sino colaboracionistas y humanizadoras.

Muchas ocasiones hemos sido testigos de grandes pruebas de visiones diversas de administración y desprendimiento, sobre todo ante situaciones de catástrofes naturales, de crisis humanitarias… donde se deja ver ese espíritu solidario y de la capacidad del donar y donarse.

Seguramente es complicado tratar de cambiar todo un paradigma internacional sobre la economía, pero desde los espacios pequeños donde nos movemos es posible ejercitarse y tratar de ser más sensibles a que otras formas de administrar esta casa común, es posible.

Juan Carlos Quirarte Méndez

Salesiano, sacerdote. Doctor en Antropología Social

“La economía del don”

Nuestra sociedad nos ha venido acentuando insistentemente que el crecimiento económico es un grande valor. Ciertamente es bueno el tener y acceder a los bienes, pero el exacerbamiento actual de preponderar la economía como la capacidad de acumular capital, nos ha venido tergiversando y dejando muy cortos los ideales de una sociedad humanista.

Una cosa es comprenderse a la economía como la manera de adquisición del beneficio del capital, lo cual hace de la gestión económica un fin en sí mismo, y otra cosa es comprender la economía como la manera de administrar los bienes que se tienen. Esta segunda forma subordina la economía a un bien mayor, y ese bien mayor es la persona, la comunidad de personas.

De ahí entonces, que quien entienda por crecimiento económico el “tener más entre todos”, está reflejando -desde mi punto de vista- una visión reduccionista, al considerar que la única vía de mejora es la de tener más cosas. Tener más no necesariamente equivale a estar mejor. El pensar así -que crecimiento económico es tener más”, lleva incluso a la pretensión del crecimiento ilimitado, lo cual no cuida la creación para preservarla, sino que se mira la inmediatez de una acumulación y se descuida su salvaguarda al explotarla, agotando todos sus recursos y comprometiendo así su supervivencia futura de los mismos.

Una sociedad que prepondere una comprensión de la economía de este modo, está legitimando a una sociedad de egoístas, es decir: el afán del lucro es lo primero que se busca y se mira a los otros como posibles competidores. No porque exista una maldad intrínseca y consciente en cada sujeto, al contario…. Se nos ha inculcado tanto por los modos de nuestros sistemas actuales que esto es un valor, que consideramos virtuoso incluso el emplearnos así, pero no nos damos cuenta que podemos perder otras cosas muy importantes.

Nuestra sociedad necesita redireccionar este modelo dominante, es imprescindible buscar otras maneras para encontrar un desarrollo integral, solidario y sostenible. Hacer de nuestros espacios un lugar donde todos podamos disfrutar de los suficientes bienes y servicios para llevar una vida digna.

Muchas veces, esos lugares que llamamos periferias nos ayudan a comprender que existen otras visiones y comprensiones de una administración, donde la subordinación de valores están todos ellos consecuentes de la primera que es la de la propia persona.

Podríamos pensar e imaginar un mundo donde lo importante no sea la acumulación, sino un lugar donde todos tengamos lo suficiente para una vida digna. Dar el cambio de buscar tener más entre todos, a que todos tengan al menos lo suficiente.

Pero lograr esto no es fácil, es arrancar convicciones y discursos dominantes de una cultura que nos incita y llama al consumo desmedido, a la acumulación, a la competitividad. Pasar al otro esquema nos invita a mirar otros temas a veces comprendidos como ilusorios e irrelevantes: bien común, fraternidad, la dinámica del don (donarse), la colaboración y la participación solidaria, la aceptación y apoyo para quienes no porque no quieran, sino que sus condiciones les han complicado más el acceso a los bienes.

Muchos de esos lugares llamados periferias, al quedar marginados de un sistema dominante que por su propia naturaleza es excluyente, ha generado en dichas comunidades la búsqueda alternativa, no siempre bien encauzado… pero cuando encuentran y miran ese bien común, aun en situaciones de desventaja, dan ejemplo de una solidaridad y participación que les lleva a una búsqueda prioritaria del bien común y genera economías no egoístas e individualistas, sino colaboracionistas y humanizadoras.

Muchas ocasiones hemos sido testigos de grandes pruebas de visiones diversas de administración y desprendimiento, sobre todo ante situaciones de catástrofes naturales, de crisis humanitarias… donde se deja ver ese espíritu solidario y de la capacidad del donar y donarse.

Seguramente es complicado tratar de cambiar todo un paradigma internacional sobre la economía, pero desde los espacios pequeños donde nos movemos es posible ejercitarse y tratar de ser más sensibles a que otras formas de administrar esta casa común, es posible.

jueves 14 de marzo de 2019

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