/ jueves 2 de mayo de 2019

“Biblioteca de la periferia”

“La periferia un tiempo fue centro y el centro será periferia”

Existe una tendencia, no en todos, pero si en muchos, donde las generaciones adultas miran a las siguientes generaciones como “degeneraciones”, es decir: que las generaciones más nuevas van en decrecimiento, en pérdida de valores, en ausencia de principios positivos, en reducción de sanas costumbres, etc., etc.

Pero si fuéramos justos, comprenderíamos que está posición en donde unos minusvaloran o califican peyorativamente a los otros, es una posición antiquísima. Se han encontrado textos de las culturas egipcias e incluso de las de la antigua Mesopotamia, donde se encuentran frases que personas de hoy en día pensarían que las están diciendo sus vecinos. Arqueólogos han encontrado vestigios de culturas y sociedades muy antiguas que expresan esas mismas tendencias: “las nuevas generaciones no respetan a sus padres, no son educados ni saben comportarse como se hacía antes”. Frases semejantes a esta podremos encontrar aquí y allá.

Y si estas frases fueran verdaderas entonces todos deberíamos entender que eso que criticamos de las generaciones que nos siguen, han de ser las mismas con las que las generaciones precedentes nos han también señalado.

Hasta las canciones nos lo recuerdan, quizá algunos recordemos a bandas como “La maldita vecindad y los hijos del quinto patio” cuando en una de sus canciones más famosas reprochan los hijos a sus padres que ellos fueron “pachucos” y también les “regañaban”, bailando mambo y otras cosas que pudieran parecer rebeldía en aquellos tiempos.

El “adultocentrismo” tiene esa carencia, convertirse en un autorreferente que ubica la vida líneal y ascendente, como si los años les hubiesen dado la razón. Quienes hoy nos podemos considerar adultos, deberíamos de reconocer que también las generaciones más nuevas tienen mucho por aportar, que no todo es despreciativo sino que existe una amplia gamma de tendencias que van marcando cada generación, y cada cual a su estilo y según sus tiempos, ha marcado fases de rebeldía, de búsqueda de auto determinación, de auto afirmación, de sentido de pertenencia con sus pares.

Y esto es porque muchas de las veces pensamos que varias cosas de la vida son conquistas, es decir, logros fijos que se obtienen y quedan permanentes. Cuando muchas de las cosas

de la vida son más bien dinámicas. Es decir: se deben alimentar continuamente. Tal es el caso de “la madurez”… ser maduro no es una realidad estática. No es que llegue a cierto punto y diga: “listo, ya llegué a la madurez” sino que se está siendo maduro. Y aún el que se considera en estado de madurez podrá cometer inmadureces. Estamos en un continuo aprendizaje y en todo debemos estarnos continuamente ensayando, practicando.

Así, ese continuo reproche de una generación a la otra de verla como “degeneración” si bien no lleva conscientemente alguna carga malvada o mal intencionada, si refleja una ausencia de referencia a otras formas de entender y vivir la vida que los años y lugares en que nos toca vivir. Y si, las generaciones nuevas también pudieran -y con juzga razón- en algún momento, reprocharnos a nosotros esas mismas cosas de las que les solemos acusar, pues tanto ellos como nosotros, estamos en el mismo andar.

“La periferia un tiempo fue centro y el centro será periferia”

Existe una tendencia, no en todos, pero si en muchos, donde las generaciones adultas miran a las siguientes generaciones como “degeneraciones”, es decir: que las generaciones más nuevas van en decrecimiento, en pérdida de valores, en ausencia de principios positivos, en reducción de sanas costumbres, etc., etc.

Pero si fuéramos justos, comprenderíamos que está posición en donde unos minusvaloran o califican peyorativamente a los otros, es una posición antiquísima. Se han encontrado textos de las culturas egipcias e incluso de las de la antigua Mesopotamia, donde se encuentran frases que personas de hoy en día pensarían que las están diciendo sus vecinos. Arqueólogos han encontrado vestigios de culturas y sociedades muy antiguas que expresan esas mismas tendencias: “las nuevas generaciones no respetan a sus padres, no son educados ni saben comportarse como se hacía antes”. Frases semejantes a esta podremos encontrar aquí y allá.

Y si estas frases fueran verdaderas entonces todos deberíamos entender que eso que criticamos de las generaciones que nos siguen, han de ser las mismas con las que las generaciones precedentes nos han también señalado.

Hasta las canciones nos lo recuerdan, quizá algunos recordemos a bandas como “La maldita vecindad y los hijos del quinto patio” cuando en una de sus canciones más famosas reprochan los hijos a sus padres que ellos fueron “pachucos” y también les “regañaban”, bailando mambo y otras cosas que pudieran parecer rebeldía en aquellos tiempos.

El “adultocentrismo” tiene esa carencia, convertirse en un autorreferente que ubica la vida líneal y ascendente, como si los años les hubiesen dado la razón. Quienes hoy nos podemos considerar adultos, deberíamos de reconocer que también las generaciones más nuevas tienen mucho por aportar, que no todo es despreciativo sino que existe una amplia gamma de tendencias que van marcando cada generación, y cada cual a su estilo y según sus tiempos, ha marcado fases de rebeldía, de búsqueda de auto determinación, de auto afirmación, de sentido de pertenencia con sus pares.

Y esto es porque muchas de las veces pensamos que varias cosas de la vida son conquistas, es decir, logros fijos que se obtienen y quedan permanentes. Cuando muchas de las cosas

de la vida son más bien dinámicas. Es decir: se deben alimentar continuamente. Tal es el caso de “la madurez”… ser maduro no es una realidad estática. No es que llegue a cierto punto y diga: “listo, ya llegué a la madurez” sino que se está siendo maduro. Y aún el que se considera en estado de madurez podrá cometer inmadureces. Estamos en un continuo aprendizaje y en todo debemos estarnos continuamente ensayando, practicando.

Así, ese continuo reproche de una generación a la otra de verla como “degeneración” si bien no lleva conscientemente alguna carga malvada o mal intencionada, si refleja una ausencia de referencia a otras formas de entender y vivir la vida que los años y lugares en que nos toca vivir. Y si, las generaciones nuevas también pudieran -y con juzga razón- en algún momento, reprocharnos a nosotros esas mismas cosas de las que les solemos acusar, pues tanto ellos como nosotros, estamos en el mismo andar.

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