/ miércoles 8 de mayo de 2019

“Biblioteca de la periferia”

“No es cosa de cantidades sino de auténticas intenciones”

Quien quiera saber cuántas Organizaciones de la Sociedad Civil -o también conocidas como ONGs-, existen en el mundo, seguramente se encontrará con que son tantísimas, que resulta hasta asombroso sino imposible el poder contabilizarlas. Y eso que no hace mucho tiempo que a todo este universo de organización social se le conoce como “Tercer Sector”.

Un amplio bagaje de asociaciones voluntarias, donde la sociedad civil organizada se toma a cuestas compromisos sociales que en sí competían atender a los gobiernos, y que hasta por principios del siglo XIX fueron tomando conciencia con voces que resaltaban ese accionar de grupos voluntarios, que estuvieron siempre presentes en las comunidades mucho antes del surgimiento del “welfare state”. En sus inicios, eran en su mayoría ligadas a organizaciones religiosas y étnicas, donde los valores religiosos fueron siempre un buen terreno para el desenvolvimiento del sector voluntario. Para ello véase desde tiempos mucho más remotos el cómo todas las tradiciones religiosas resaltan el papel de instituciones como la familia, los amigos, los vecinos y la propia Iglesia como sus primeras instancias a las cuales apelar en tiempos de necesidad. Un dato que la misma Iglesia Católica señaló con claridad en 1891 con las encíclicas de una doctrina social que privilegia instituciones “auxiliares” en la resolución de los problemas sociales.

Esas sensibilidades para que el Estado asuma esos compromisos, son estimulados desde textos de Alexis de Tocqueville entre los años 1835 y 1840, y continuados por otros autores influenciados por él, como el propio John Stuart Mill (1859) señalando que el Estado debiese estar atento a captar esa creatividad de la sociedad.

Hoy en día sabemos que ese proyecto del Estado en algunos países, de querer asumir la resolución de los problemas sociales y los principios del “welfare state” no llegó al éxito, y tras ese desarrollo y aplicación de dichas políticas, las asociaciones voluntarias no dejaron de seguir trabajando.

De ahí que hoy podemos ver como tanto el Estado, a través de tantas secretarías e instancias de la administración pública, intentan procesos y acciones que antes asumían grupos sociales espontáneos que se basaban en caridad y voluntariado. Vemos también que el sector empresarial intenta mostrar una faceta “social” en sus políticas empresariales aún bajo el esquema capitalista de la acumulación e incluso a traspaso su modelo de “gestión” y de “medición de impacto” a las organizaciones de la sociedad civil, quienes ahora deben integrarse bajo dichos esquemas si quieren seguir operando en el campo social bajo alguna identidad moral-asociativa.

Se corre el riesgo, muchas de las veces, que los mismos grupos organizados de ciudadanos bajo caigan en consumos burocráticos que desgastan aquel inicial y carismático deseo de solidaridad y apoyo a sus pares. Por múltiples factores se ha tenido un proceso social para estar así, incluso compitiendo para poder concursar en obtención de recursos para poder operar y, bueno o malo esto, conduce a formas nuevas de profesionalizarse en procesos relativamente comunes de manejarse en la intervención social-comunitaria y otros muchos objetos sociales.

Pero todo este caminar, que hoy nos puede quizá en cierta forma asombrar para bien, por el hecho de que existan tantas y tantas organizaciones que manifiestan buena voluntad para tratar de hacer un mundo mejor y más habitable para todos, nos puede llevar al mismo tiempo a la pregunta: ¿cómo es posible que en una sociedad muy desarrollada y profesionalizada en gestión, capacitación y estructurada para trabajar en red, siga no sólo impidiendo sino haciendo la brecha más larga entre quienes tienen oportunidades y alternativas para con quienes son cada vez más pobres y marginados de las mismas oportunidades y alternativas?

No puede dejar de admirar la simplicidad, pero a la vez la magnificencia que muestra ese texto milenario de Los Hechos de los Apóstoles 4, 32-37 “La multitud de los creyentes tenía un solo corazón y una sola alma. Nadie consideraba sus bienes como propios, sino que todo lo tenían ellos en común (…) No había entre ellos ningún necesitado, porque todos los que poseían campos o casas los vendían, traían el importe de las ventas, y lo ponían a los pies de los apóstoles, y se repartía a cada uno según su necesidad. José, llamado por los apóstoles Bernabé (que significa: hijo de la exhortación), levita y originario de Chipre, tenía un campo; lo vendió, trajo el importe y lo puso a los pies de los apóstoles”.

No hay mejor retrato de lo que debería ser cualquiera de los tres sectores: gobierno, empresa u organización de la sociedad civil respecto a su compromiso por los otros. Primeramente, que crea y el creer hace tener una unidad, un solo corazón. Segundo lugar, nadie saberse dueño: ni al que se le confía gobernar posee la gente y sus bienes, ni al que es patrón les hace sentir a los otros sus siervos, ni el que es parte de una asociación civil lo es para ganarse el aplauso de los otros. Tercero, no se busca la acumulación de bienes, sino el que todos tengan lo suficiente para vivir con dignidad, no de manera uniforme, sino que según su necesidad. Y, por último: no es mero discurso, sino que es concreto como es concreto el nombre de uno de ellos que se puede ubicar por nombre, apodo y lugar de origen, para saber también de qué se desprendió (algo que era suyo, no que administraba el bien de todos como es quien gobierna en turno), y lo pone a disposición de los que están sirviendo.

“No es cosa de cantidades sino de auténticas intenciones”

Quien quiera saber cuántas Organizaciones de la Sociedad Civil -o también conocidas como ONGs-, existen en el mundo, seguramente se encontrará con que son tantísimas, que resulta hasta asombroso sino imposible el poder contabilizarlas. Y eso que no hace mucho tiempo que a todo este universo de organización social se le conoce como “Tercer Sector”.

Un amplio bagaje de asociaciones voluntarias, donde la sociedad civil organizada se toma a cuestas compromisos sociales que en sí competían atender a los gobiernos, y que hasta por principios del siglo XIX fueron tomando conciencia con voces que resaltaban ese accionar de grupos voluntarios, que estuvieron siempre presentes en las comunidades mucho antes del surgimiento del “welfare state”. En sus inicios, eran en su mayoría ligadas a organizaciones religiosas y étnicas, donde los valores religiosos fueron siempre un buen terreno para el desenvolvimiento del sector voluntario. Para ello véase desde tiempos mucho más remotos el cómo todas las tradiciones religiosas resaltan el papel de instituciones como la familia, los amigos, los vecinos y la propia Iglesia como sus primeras instancias a las cuales apelar en tiempos de necesidad. Un dato que la misma Iglesia Católica señaló con claridad en 1891 con las encíclicas de una doctrina social que privilegia instituciones “auxiliares” en la resolución de los problemas sociales.

Esas sensibilidades para que el Estado asuma esos compromisos, son estimulados desde textos de Alexis de Tocqueville entre los años 1835 y 1840, y continuados por otros autores influenciados por él, como el propio John Stuart Mill (1859) señalando que el Estado debiese estar atento a captar esa creatividad de la sociedad.

Hoy en día sabemos que ese proyecto del Estado en algunos países, de querer asumir la resolución de los problemas sociales y los principios del “welfare state” no llegó al éxito, y tras ese desarrollo y aplicación de dichas políticas, las asociaciones voluntarias no dejaron de seguir trabajando.

De ahí que hoy podemos ver como tanto el Estado, a través de tantas secretarías e instancias de la administración pública, intentan procesos y acciones que antes asumían grupos sociales espontáneos que se basaban en caridad y voluntariado. Vemos también que el sector empresarial intenta mostrar una faceta “social” en sus políticas empresariales aún bajo el esquema capitalista de la acumulación e incluso a traspaso su modelo de “gestión” y de “medición de impacto” a las organizaciones de la sociedad civil, quienes ahora deben integrarse bajo dichos esquemas si quieren seguir operando en el campo social bajo alguna identidad moral-asociativa.

Se corre el riesgo, muchas de las veces, que los mismos grupos organizados de ciudadanos bajo caigan en consumos burocráticos que desgastan aquel inicial y carismático deseo de solidaridad y apoyo a sus pares. Por múltiples factores se ha tenido un proceso social para estar así, incluso compitiendo para poder concursar en obtención de recursos para poder operar y, bueno o malo esto, conduce a formas nuevas de profesionalizarse en procesos relativamente comunes de manejarse en la intervención social-comunitaria y otros muchos objetos sociales.

Pero todo este caminar, que hoy nos puede quizá en cierta forma asombrar para bien, por el hecho de que existan tantas y tantas organizaciones que manifiestan buena voluntad para tratar de hacer un mundo mejor y más habitable para todos, nos puede llevar al mismo tiempo a la pregunta: ¿cómo es posible que en una sociedad muy desarrollada y profesionalizada en gestión, capacitación y estructurada para trabajar en red, siga no sólo impidiendo sino haciendo la brecha más larga entre quienes tienen oportunidades y alternativas para con quienes son cada vez más pobres y marginados de las mismas oportunidades y alternativas?

No puede dejar de admirar la simplicidad, pero a la vez la magnificencia que muestra ese texto milenario de Los Hechos de los Apóstoles 4, 32-37 “La multitud de los creyentes tenía un solo corazón y una sola alma. Nadie consideraba sus bienes como propios, sino que todo lo tenían ellos en común (…) No había entre ellos ningún necesitado, porque todos los que poseían campos o casas los vendían, traían el importe de las ventas, y lo ponían a los pies de los apóstoles, y se repartía a cada uno según su necesidad. José, llamado por los apóstoles Bernabé (que significa: hijo de la exhortación), levita y originario de Chipre, tenía un campo; lo vendió, trajo el importe y lo puso a los pies de los apóstoles”.

No hay mejor retrato de lo que debería ser cualquiera de los tres sectores: gobierno, empresa u organización de la sociedad civil respecto a su compromiso por los otros. Primeramente, que crea y el creer hace tener una unidad, un solo corazón. Segundo lugar, nadie saberse dueño: ni al que se le confía gobernar posee la gente y sus bienes, ni al que es patrón les hace sentir a los otros sus siervos, ni el que es parte de una asociación civil lo es para ganarse el aplauso de los otros. Tercero, no se busca la acumulación de bienes, sino el que todos tengan lo suficiente para vivir con dignidad, no de manera uniforme, sino que según su necesidad. Y, por último: no es mero discurso, sino que es concreto como es concreto el nombre de uno de ellos que se puede ubicar por nombre, apodo y lugar de origen, para saber también de qué se desprendió (algo que era suyo, no que administraba el bien de todos como es quien gobierna en turno), y lo pone a disposición de los que están sirviendo.

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