/ miércoles 26 de junio de 2019

Biblioteca de la periferia

“Ser un bandido de la periferia”

Quizá hoy podríamos decir, como cita Eric Hobsbawm a Morselli-Sancte De Sanctis, (Milán, 1903) “si un bandido típico desea una larga carrera, debe ser o parecer un filántropo. Sea matando o robando de la mejor forma que pueda. De otra forma, se arriesga a perder apoyo popular y a ser tomado por un asesino o ladrón común”.

Ciertamente en el lenguaje ordinario empleamos -indistintamente- diversos conceptos para referirnos a quien se encuentra fuera del marco de la ley. Y es que, precisamente para la ley, quien quiera que pertenezca a un grupo de hombres que atacan y roban con violencia es un bandido. Pero desde el ciudadano ordinario hasta el estudioso de lo social existen diferencias entre rebeldes o guerrilleros organizados que no sean oficialmente reconocidos como tal, llegando incluso a nombrar a otros como “terroristas” pero también entran los que son considerados como bandidos sociales.

Y es que aquí entramos ya en temas de percepciones y de estructuras, que es donde caben precisamente las denominaciones de bandidos. Efectivamente, los así considerados bandidos solo pueden existir desde sociedades estructuradas política, económica y grupos de poder que marcan su hegemonía sobre el resto de la población. Pues precisamente el bandido desafía simultáneamente al orden económico, lo social y la política al desafiar a los que aspiran a tener poder, la ley o el control de los recursos.

De ahí que, entre tantas maneras de comprender al “bandido”, aquí me refiero a aquellos que tienen esa reacción subversiva, reactiva ante una fuerza coercitiva que provoca en cierto momento la rebelión y alteración de esa estructura dominante.

Algunos estudiosos señalan -de hecho- que la debilidad del poder propiciaba el potencial para el surgimiento de nuevos bandidos. En esas situaciones el surgimiento de bandidos pasaba a ser endémico, o hasta pandémico. Es como si fuese un caldo de cultivo de este tipo de personalidades y acciones, cuando el poder legítimo de un Estado era inestable, estaba ausente o había entrado en colapso.

En cierta forma pudiéramos decir que el surgimiento de bandidos es un síntoma de una situación de quien ostenta el poder. Donde su forma “no controlada” ha propiciado el alzamiento de acciones por fuera del marco legal, muchas de las veces incluso por revanchismo o por tratar de alterar el orden injusto de proceder de quien esta al mando.

Y entre esta diversidad de acciones subversivas están las de los así considerados “bandidos sociales”, que se rebelan al sistema, pero cuidan ciertos patrones internos de conducta. Los más famosos en las historias narradas son aquellos clásicos como el propio Robin Hood. Pero esta especie de bandidos sociales es uno de los fenómenos sociales más universales de la historia -nos lo señala el historiador Eric Hobsbawm- como también a la vez es uno de aquellos fenómenos que presentan más uniformidad. Prácticamente -nos dice- todos los casos pertenecen a dos o tres tipos claramente interrelacionados, y sus variantes son relativamente superficiales. Desde el punto de vista social, parace ocurrir en todos los tipos de sociedades humanas.

Algunas de las variaciones se deben en parte a la geografía, en parte a la tecnología y la administración, y en parte a la estructura social y económica. Todos los grupos organizados alternativamente llevan también organización, aunque no es vertebral sino celular -así lo llama Appadurai- siendo todo un sistema alternativo de organización, incluyendo sus códigos éticos internos.

Los imaginarios se refuerzan en nuestra sociedad sobre diversos actores que actúan fuera del marco de la ley, colocándoles muchas de las veces “indumentarias de bandidos sociales”, quizá uno de los más subrayados hoy en día son algunos miembros del crimen organizado. Donde muchos sectores sociales les entienden y arropan como “suyos” porque tienen sus mismos orígenes, también porque se les admira en su capacidad de resistir y hacer frente al sistema dominante -como lo señala James Scott en su libro del arte de la dominación y la resistencia- pero también porque sienten que muchas de sus ganancias son canalizadas y devueltas a la propia comunidad, con mejoras estructurales de espacios y con regalos y celebraciones compartidas.

Cuando la sociedad desaprueba y deja de ofrecer apoyo, es cuando esos actores que se mueven “al margen de la ley” no respetan los códigos y entonces comienzan a maltratar, extorsionar, violentar a sus propios grupos originarios que han estado siempre sometidos al poder económico, político y social. Es entonces cuando ya dejan ese título de bandido social y pasan a otras categorías de criminales comunes y hasta más catastróficos.

No es de automático el sinónimo de bandido social para el narco de hoy, ni tampoco para el que roba a los ricos o se atreve a denunciar proféticamente. Son muchos factores los que se llegan a conjuntar para que surja esta percepción y se empodere de un fuerte grupo social. Cuando diversos elementos llegan a concentrarse en un contexto, ha propiciado mutaciones inesperadas, donde el bandido social llega a transformarse en revolucionario, que es cuando esa tendencia se funde en un movimiento de proporciones mayores, y se vuelve una fuerza capaz de mudar la sociedad. No necesariamente habría que descartar que esto llegue a pasar en nuestros contextos ni descalificar anticipadamente pues, cuántas veces no hemos sido testigos en la historia reciente de numerosos bandidos envestidos de poderes legitimados y con ropajes de “buenos ciudadanos”.

“Ser un bandido de la periferia”

Quizá hoy podríamos decir, como cita Eric Hobsbawm a Morselli-Sancte De Sanctis, (Milán, 1903) “si un bandido típico desea una larga carrera, debe ser o parecer un filántropo. Sea matando o robando de la mejor forma que pueda. De otra forma, se arriesga a perder apoyo popular y a ser tomado por un asesino o ladrón común”.

Ciertamente en el lenguaje ordinario empleamos -indistintamente- diversos conceptos para referirnos a quien se encuentra fuera del marco de la ley. Y es que, precisamente para la ley, quien quiera que pertenezca a un grupo de hombres que atacan y roban con violencia es un bandido. Pero desde el ciudadano ordinario hasta el estudioso de lo social existen diferencias entre rebeldes o guerrilleros organizados que no sean oficialmente reconocidos como tal, llegando incluso a nombrar a otros como “terroristas” pero también entran los que son considerados como bandidos sociales.

Y es que aquí entramos ya en temas de percepciones y de estructuras, que es donde caben precisamente las denominaciones de bandidos. Efectivamente, los así considerados bandidos solo pueden existir desde sociedades estructuradas política, económica y grupos de poder que marcan su hegemonía sobre el resto de la población. Pues precisamente el bandido desafía simultáneamente al orden económico, lo social y la política al desafiar a los que aspiran a tener poder, la ley o el control de los recursos.

De ahí que, entre tantas maneras de comprender al “bandido”, aquí me refiero a aquellos que tienen esa reacción subversiva, reactiva ante una fuerza coercitiva que provoca en cierto momento la rebelión y alteración de esa estructura dominante.

Algunos estudiosos señalan -de hecho- que la debilidad del poder propiciaba el potencial para el surgimiento de nuevos bandidos. En esas situaciones el surgimiento de bandidos pasaba a ser endémico, o hasta pandémico. Es como si fuese un caldo de cultivo de este tipo de personalidades y acciones, cuando el poder legítimo de un Estado era inestable, estaba ausente o había entrado en colapso.

En cierta forma pudiéramos decir que el surgimiento de bandidos es un síntoma de una situación de quien ostenta el poder. Donde su forma “no controlada” ha propiciado el alzamiento de acciones por fuera del marco legal, muchas de las veces incluso por revanchismo o por tratar de alterar el orden injusto de proceder de quien esta al mando.

Y entre esta diversidad de acciones subversivas están las de los así considerados “bandidos sociales”, que se rebelan al sistema, pero cuidan ciertos patrones internos de conducta. Los más famosos en las historias narradas son aquellos clásicos como el propio Robin Hood. Pero esta especie de bandidos sociales es uno de los fenómenos sociales más universales de la historia -nos lo señala el historiador Eric Hobsbawm- como también a la vez es uno de aquellos fenómenos que presentan más uniformidad. Prácticamente -nos dice- todos los casos pertenecen a dos o tres tipos claramente interrelacionados, y sus variantes son relativamente superficiales. Desde el punto de vista social, parace ocurrir en todos los tipos de sociedades humanas.

Algunas de las variaciones se deben en parte a la geografía, en parte a la tecnología y la administración, y en parte a la estructura social y económica. Todos los grupos organizados alternativamente llevan también organización, aunque no es vertebral sino celular -así lo llama Appadurai- siendo todo un sistema alternativo de organización, incluyendo sus códigos éticos internos.

Los imaginarios se refuerzan en nuestra sociedad sobre diversos actores que actúan fuera del marco de la ley, colocándoles muchas de las veces “indumentarias de bandidos sociales”, quizá uno de los más subrayados hoy en día son algunos miembros del crimen organizado. Donde muchos sectores sociales les entienden y arropan como “suyos” porque tienen sus mismos orígenes, también porque se les admira en su capacidad de resistir y hacer frente al sistema dominante -como lo señala James Scott en su libro del arte de la dominación y la resistencia- pero también porque sienten que muchas de sus ganancias son canalizadas y devueltas a la propia comunidad, con mejoras estructurales de espacios y con regalos y celebraciones compartidas.

Cuando la sociedad desaprueba y deja de ofrecer apoyo, es cuando esos actores que se mueven “al margen de la ley” no respetan los códigos y entonces comienzan a maltratar, extorsionar, violentar a sus propios grupos originarios que han estado siempre sometidos al poder económico, político y social. Es entonces cuando ya dejan ese título de bandido social y pasan a otras categorías de criminales comunes y hasta más catastróficos.

No es de automático el sinónimo de bandido social para el narco de hoy, ni tampoco para el que roba a los ricos o se atreve a denunciar proféticamente. Son muchos factores los que se llegan a conjuntar para que surja esta percepción y se empodere de un fuerte grupo social. Cuando diversos elementos llegan a concentrarse en un contexto, ha propiciado mutaciones inesperadas, donde el bandido social llega a transformarse en revolucionario, que es cuando esa tendencia se funde en un movimiento de proporciones mayores, y se vuelve una fuerza capaz de mudar la sociedad. No necesariamente habría que descartar que esto llegue a pasar en nuestros contextos ni descalificar anticipadamente pues, cuántas veces no hemos sido testigos en la historia reciente de numerosos bandidos envestidos de poderes legitimados y con ropajes de “buenos ciudadanos”.

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