/ miércoles 3 de julio de 2019

“Biblioteca de la periferia”

“Lenguajes de centro y lenguajes de periferia”

Quizá muchos de nosotros nos hemos quejado más de una vez por no entender nada cuando un médico arroja un primer diagnóstico en la consulta, pues suele decir conceptos y palabras que no son del uso ordinario de quienes no les tocó estudiar esa disciplina o materias afines. Por lo que posteriormente el mismo médico intenta explicar o describir aquello que antes mencionó y que nos dejó con cara de perplejidad.

Lo mismo seguramente pasará con quienes nos escuche a quienes hablamos desde los saberes adquiridos en la disciplina que fuimos formados; un fiel ante lo que dice un sacerdote que utilice muchos conceptos teológicos, o el alumno ante las distinciones y análisis que pronuncia el filósofo, yo cuando escuchaba a mi maestro que intentaba que comprendiera cuestiones de trigonometría y aritmética, o hasta quienes poco se han incursionado en las artes y algún curador intenta describir sus razones de optar por tal o cual exposición de pinturas de arte moderno.

Quién más o quién menos pero quizá todos hemos experimentado una sensación de periferia respecto a ciertos conceptos que otra emplea, donde nos sentimos fuera del flujo de elementos que hacen capaz de seguir una comprensión como quizá el resto sí puede seguir. Esa pudiera ser una experiencia de marginación. Pero no se puede poner todo en la misma balanza si a ese nivel de desconocimiento le pretendo llamar “ignorancia”. Ya en otro lugar había señalado la distinción entre tres niveles de ignorancia:

- Ignorancia culpable

- Ignorancia no culpable

- Ignorancia de la Ignorancia


En todas se refiere a la carencia de cierto saber o conocimiento, pero su juicio no aplica igual.

La ignorancia culpable es aquella en la cual, teniendo los recursos, las posibilidades, los medios para poder conocer algo, he decidido no hacerlo; ahí entonces soy un ignorante culpable… porque pudiendo conocer, no conozco.

La ignorancia no culpable es, por su parte, aquella carencia de conocimiento, pero porque nadie me lo dijo, porque no tuve la oportunidad o la alternativa para conocerlo, porque quedó fuera de las propias posibilidades el llegar a conocer aquello. Ahí pues, no hay culpa.

Y la última, ignorar que se ignora, puede ser la peor de las tres. Porque es la ilusión de que lo sé todo, y por lo tanto queda la ausencia del reconocimiento de ese límite y entonces se cae en la pretensión o ilusión de que lo sé, ignoro que carezco de ese conocimiento, y pretendo engañar o engañarme a mí mismo para no sentirme calificado de ignorante. Pero, en el fondo, es aún más ignorante el que ignora que ignora.

Y por su parte, quien tiene conocimientos especializados en tal o cual disciplina, es también un artista y a la vez un generoso con los demás cuando su saber, su comprensión de aquello en lo cuál es hábil y se ha entrenado, sabe comunicarlo y se hace entender. Quien, de alguna manera, busca hacer de su lenguaje (que se puede entender como centro) puede hacerlo llegar a la periferia, para que aquel de la periferia, entre a formar parte de ese centro. Creo que esa es una experiencia que cotidianamente sucede y no somos consciente que suceda.

Aquel lenguaje que algunos pudieran catalogar de periferia, marcado por los estigmas sociales -dígase, por ejemplo; el lenguaje con “malas palabras” o el de llamar de formas “coloquiales” muchas cosas- no son realmente periféricas, sino que también conforman ese centro del lenguaje para esas personas entre las cuales se comunican, pues el lenguaje y las expresiones simbólicas de la comunicación, están en función precisamente de las personas. Y otros que se acerquen e incursionen en dichos ambientes, se sentirán periferia respecto a esas formas de expresarse y comunicarse entre los miembros de dicha comunidad.

El lenguaje cotidiano es, por tanto, una manera más de ayudarnos a comprender el centro y la periferia.

“Lenguajes de centro y lenguajes de periferia”

Quizá muchos de nosotros nos hemos quejado más de una vez por no entender nada cuando un médico arroja un primer diagnóstico en la consulta, pues suele decir conceptos y palabras que no son del uso ordinario de quienes no les tocó estudiar esa disciplina o materias afines. Por lo que posteriormente el mismo médico intenta explicar o describir aquello que antes mencionó y que nos dejó con cara de perplejidad.

Lo mismo seguramente pasará con quienes nos escuche a quienes hablamos desde los saberes adquiridos en la disciplina que fuimos formados; un fiel ante lo que dice un sacerdote que utilice muchos conceptos teológicos, o el alumno ante las distinciones y análisis que pronuncia el filósofo, yo cuando escuchaba a mi maestro que intentaba que comprendiera cuestiones de trigonometría y aritmética, o hasta quienes poco se han incursionado en las artes y algún curador intenta describir sus razones de optar por tal o cual exposición de pinturas de arte moderno.

Quién más o quién menos pero quizá todos hemos experimentado una sensación de periferia respecto a ciertos conceptos que otra emplea, donde nos sentimos fuera del flujo de elementos que hacen capaz de seguir una comprensión como quizá el resto sí puede seguir. Esa pudiera ser una experiencia de marginación. Pero no se puede poner todo en la misma balanza si a ese nivel de desconocimiento le pretendo llamar “ignorancia”. Ya en otro lugar había señalado la distinción entre tres niveles de ignorancia:

- Ignorancia culpable

- Ignorancia no culpable

- Ignorancia de la Ignorancia


En todas se refiere a la carencia de cierto saber o conocimiento, pero su juicio no aplica igual.

La ignorancia culpable es aquella en la cual, teniendo los recursos, las posibilidades, los medios para poder conocer algo, he decidido no hacerlo; ahí entonces soy un ignorante culpable… porque pudiendo conocer, no conozco.

La ignorancia no culpable es, por su parte, aquella carencia de conocimiento, pero porque nadie me lo dijo, porque no tuve la oportunidad o la alternativa para conocerlo, porque quedó fuera de las propias posibilidades el llegar a conocer aquello. Ahí pues, no hay culpa.

Y la última, ignorar que se ignora, puede ser la peor de las tres. Porque es la ilusión de que lo sé todo, y por lo tanto queda la ausencia del reconocimiento de ese límite y entonces se cae en la pretensión o ilusión de que lo sé, ignoro que carezco de ese conocimiento, y pretendo engañar o engañarme a mí mismo para no sentirme calificado de ignorante. Pero, en el fondo, es aún más ignorante el que ignora que ignora.

Y por su parte, quien tiene conocimientos especializados en tal o cual disciplina, es también un artista y a la vez un generoso con los demás cuando su saber, su comprensión de aquello en lo cuál es hábil y se ha entrenado, sabe comunicarlo y se hace entender. Quien, de alguna manera, busca hacer de su lenguaje (que se puede entender como centro) puede hacerlo llegar a la periferia, para que aquel de la periferia, entre a formar parte de ese centro. Creo que esa es una experiencia que cotidianamente sucede y no somos consciente que suceda.

Aquel lenguaje que algunos pudieran catalogar de periferia, marcado por los estigmas sociales -dígase, por ejemplo; el lenguaje con “malas palabras” o el de llamar de formas “coloquiales” muchas cosas- no son realmente periféricas, sino que también conforman ese centro del lenguaje para esas personas entre las cuales se comunican, pues el lenguaje y las expresiones simbólicas de la comunicación, están en función precisamente de las personas. Y otros que se acerquen e incursionen en dichos ambientes, se sentirán periferia respecto a esas formas de expresarse y comunicarse entre los miembros de dicha comunidad.

El lenguaje cotidiano es, por tanto, una manera más de ayudarnos a comprender el centro y la periferia.

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