/ jueves 8 de agosto de 2019

“Biblioteca de la periferia”

Juan Carlos Quirarte Méndez

Salesiano, sacerdote. Doctor en Antropología Social

“La pesadilla de exacerbar y absolutizar”

Agrupar es una de las tendencias que tenemos como seres humanos, es una de las maneras para categorizarnos, para distinguir, para poder separar entre las grandes diversidades y conformar colectivos, a modo de campos semánticos.

Eso ayuda y favorece el pensamiento, pero a la vez también puede constituir riesgos si no sabemos ser lo suficiente claros en nuestro lenguaje. Es así como separamos a la humanidad en géneros y se forman los colectivos de varones, de mujeres, o bien por orientación sexual, lo mismo cuando usamos la distinción para separar por raza, o por nación, también lo hacemos en relación a la religión, o al creer o no creer en algo trascendente, agrupamos también separando por idioma, o por continentes, por barrios, por equipo deportivo favorito, por género musical de gusto, por composición corporal, por tantísimas cosas que se nos puedan ocurrir o cruzar en medio de nuestro camino.

De ahí nos hace comprender que cualquiera de nosotros puede a la vez formar parte de una multiplicidad de agrupaciones, que aquí podríamos llamarle “identidades colectivas”; lo cual me lleva a que yo me pueda comprender en varias identidades colectivas a la vez, y en algunas de ellas de forma definitiva y en otras pudiesen ser cambiantes, es decir; existen algunas identidades colectivas en las que yo puedo migrar de una a otra, como es el caso de la identidad de un equipo deportivo… quizá yo de pronto pueda cambiar y deje de apoyar a uno para irme a otro. Como también existen identidades en las cuales la migración no es posible, sino que ya es una aceptación de esa identidad que poseo, por ejemplo: mamífero. Soy de ese colectivo identitario y no puedo por opción migrarme a ser ovíparo. Ha habido intentos por migrar de identidades colectivas en las que antes parecería que no es posible o aún hoy en día pueden entrar a debate si son realmente migraciones o meras simulaciones, como lo es en relación con la sexualidad, al nacionalismo, incluso al tono de piel (raza). Ya quizá un buen ejercicio de apropiación de las distintas identidades colectivas de las cuales formo parte como sujeto individual sería el revisar en cuáles estoy por opción y en cuáles por aceptación (o tal vez me cueste aceptarlo), y es que -por ejemplo- el que haya nacido en tal lugar y no en otro, no fue opción mía…. Ser de tal familia y no de otra, también fue una cuestión fuera de mi propia elección. Ya reconocer esas distinciones ayuda.

Y otro problema aquí planteado es el uso consciente o inconsciente de los términos absolutistas como: “todos”, “nunca”, “siempre”, “nadie” etc. Son adverbios peligrosos al ser usados sin debidas precauciones, pues nos pueden llevar a credos determinantes, quizá muy pocas veces en nuestro lenguaje pudiesen ser usados. Yo me atrevería a usarlos al decir: “todos los seres humanos son seres con derechos” o quizá en “nadie me debería ser indiferente”. Pero usarlos de manera indiscriminada lleva a etiquetar y estereotipar a los otros de una manera que genera violencia.

Las identidades colectivas, al ser exacerbadas pueden generar violencias, como ya alguna vez lo mencionamos aquí citando a Amartya (2006), pues se olvida de que cada uno de esos seres son parte de tantas otras identidades y no sólo aquella que se está remarcando y luego absolutizando. El ejemplo más reciente del que somos testigos en la visión de los migrantes…. Ser migrante es hacer a algunos, parte de un colectivo, una identidad colectiva de migrar, que como arriba decíamos, no es un asunto fijo y perdurable sino transitorio… se está en movilidad por diversas causas y para diversos fines, y si bien les está identificando a esos grupos en ese momento su estar migrando, no es lo único que les define y une de tal manera. Pero somos testigos de mirar cuantas veces se estigmatiza a esos grupos y se les coloca en un bloque común, y escuchamos así discursos absolutistas que insisten en mirar a un conjunto de seres humanos y cada cual con un conjunto muy diverso de identidades colectivas pero que ahí les une su ser colectivo migrante, y desde ahí se plasma una serie de etiquetas peyorativas y agresivas hacia estas poblaciones.

Así, surgen mezclas de los dos peligros; el exacerbar una sola identidad colectiva y el poner adverbios absolutos que dan un peso más grave al asunto: “todos los migrantes son delincuentes”, y como ese muchos ejemplos y cuya potente expresión puede ir generando pensamientos convergentes hacia un rechazo y violencia que se vuelve muchas de las veces cruel y despiadado.

Tampoco podemos revertir la situación haciendo la misma práctica fatídica y decir entonces que todos aquellos miembros del país vecino del norte son los malos de este escenario de hostilidad hacia muchos hombres y mujeres que buscan nuevos rumbos. Aquí y allá, en los dos lados de las fronteras encontramos personas preocupadas, inquietas e indignadas al mirar las atrocidades que llegan a generar las prácticas y los discursos absolutistas y exacerbantes de las identidades colectivas.

Hoy la periferia nos puede enseñar que no hay tarea más importante que aprender a vivir y educarnos continua y permanentemente a convivir en la diversidad.

Juan Carlos Quirarte Méndez

Salesiano, sacerdote. Doctor en Antropología Social

“La pesadilla de exacerbar y absolutizar”

Agrupar es una de las tendencias que tenemos como seres humanos, es una de las maneras para categorizarnos, para distinguir, para poder separar entre las grandes diversidades y conformar colectivos, a modo de campos semánticos.

Eso ayuda y favorece el pensamiento, pero a la vez también puede constituir riesgos si no sabemos ser lo suficiente claros en nuestro lenguaje. Es así como separamos a la humanidad en géneros y se forman los colectivos de varones, de mujeres, o bien por orientación sexual, lo mismo cuando usamos la distinción para separar por raza, o por nación, también lo hacemos en relación a la religión, o al creer o no creer en algo trascendente, agrupamos también separando por idioma, o por continentes, por barrios, por equipo deportivo favorito, por género musical de gusto, por composición corporal, por tantísimas cosas que se nos puedan ocurrir o cruzar en medio de nuestro camino.

De ahí nos hace comprender que cualquiera de nosotros puede a la vez formar parte de una multiplicidad de agrupaciones, que aquí podríamos llamarle “identidades colectivas”; lo cual me lleva a que yo me pueda comprender en varias identidades colectivas a la vez, y en algunas de ellas de forma definitiva y en otras pudiesen ser cambiantes, es decir; existen algunas identidades colectivas en las que yo puedo migrar de una a otra, como es el caso de la identidad de un equipo deportivo… quizá yo de pronto pueda cambiar y deje de apoyar a uno para irme a otro. Como también existen identidades en las cuales la migración no es posible, sino que ya es una aceptación de esa identidad que poseo, por ejemplo: mamífero. Soy de ese colectivo identitario y no puedo por opción migrarme a ser ovíparo. Ha habido intentos por migrar de identidades colectivas en las que antes parecería que no es posible o aún hoy en día pueden entrar a debate si son realmente migraciones o meras simulaciones, como lo es en relación con la sexualidad, al nacionalismo, incluso al tono de piel (raza). Ya quizá un buen ejercicio de apropiación de las distintas identidades colectivas de las cuales formo parte como sujeto individual sería el revisar en cuáles estoy por opción y en cuáles por aceptación (o tal vez me cueste aceptarlo), y es que -por ejemplo- el que haya nacido en tal lugar y no en otro, no fue opción mía…. Ser de tal familia y no de otra, también fue una cuestión fuera de mi propia elección. Ya reconocer esas distinciones ayuda.

Y otro problema aquí planteado es el uso consciente o inconsciente de los términos absolutistas como: “todos”, “nunca”, “siempre”, “nadie” etc. Son adverbios peligrosos al ser usados sin debidas precauciones, pues nos pueden llevar a credos determinantes, quizá muy pocas veces en nuestro lenguaje pudiesen ser usados. Yo me atrevería a usarlos al decir: “todos los seres humanos son seres con derechos” o quizá en “nadie me debería ser indiferente”. Pero usarlos de manera indiscriminada lleva a etiquetar y estereotipar a los otros de una manera que genera violencia.

Las identidades colectivas, al ser exacerbadas pueden generar violencias, como ya alguna vez lo mencionamos aquí citando a Amartya (2006), pues se olvida de que cada uno de esos seres son parte de tantas otras identidades y no sólo aquella que se está remarcando y luego absolutizando. El ejemplo más reciente del que somos testigos en la visión de los migrantes…. Ser migrante es hacer a algunos, parte de un colectivo, una identidad colectiva de migrar, que como arriba decíamos, no es un asunto fijo y perdurable sino transitorio… se está en movilidad por diversas causas y para diversos fines, y si bien les está identificando a esos grupos en ese momento su estar migrando, no es lo único que les define y une de tal manera. Pero somos testigos de mirar cuantas veces se estigmatiza a esos grupos y se les coloca en un bloque común, y escuchamos así discursos absolutistas que insisten en mirar a un conjunto de seres humanos y cada cual con un conjunto muy diverso de identidades colectivas pero que ahí les une su ser colectivo migrante, y desde ahí se plasma una serie de etiquetas peyorativas y agresivas hacia estas poblaciones.

Así, surgen mezclas de los dos peligros; el exacerbar una sola identidad colectiva y el poner adverbios absolutos que dan un peso más grave al asunto: “todos los migrantes son delincuentes”, y como ese muchos ejemplos y cuya potente expresión puede ir generando pensamientos convergentes hacia un rechazo y violencia que se vuelve muchas de las veces cruel y despiadado.

Tampoco podemos revertir la situación haciendo la misma práctica fatídica y decir entonces que todos aquellos miembros del país vecino del norte son los malos de este escenario de hostilidad hacia muchos hombres y mujeres que buscan nuevos rumbos. Aquí y allá, en los dos lados de las fronteras encontramos personas preocupadas, inquietas e indignadas al mirar las atrocidades que llegan a generar las prácticas y los discursos absolutistas y exacerbantes de las identidades colectivas.

Hoy la periferia nos puede enseñar que no hay tarea más importante que aprender a vivir y educarnos continua y permanentemente a convivir en la diversidad.

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