/ miércoles 14 de agosto de 2019

“Biblioteca de la periferia”

“El lado periférico de las religiones y espiritualidades”

Muchas de las religiones institucionalizadas que hoy conocemos no nacieron así de organizadas y sólidas como las contemplamos actualmente. La mayoría de ellas -si no es que todas- nacieron en la marginalidad, en la periferia.


El caso del cristianismo, del cual formo parte, ha tenido este mismo camino… dentro de una religión predominante como lo era el judaísmo en ese contexto de la cultura semita, surgió un judío marginal, quien vivió y murió siendo judío, pero desde el cual se desprendió una nueva manera de entender la relación con Dios, la identificación del mensaje con el mensajero, un nuevo pueblo, una perspectiva y modelo de vida que llevaría a un cambio en el mundo entero.


Jesús pertenecía a un sector social que no precisamente era considerado de estirpe ni privilegiado en status social como lo era la casta de los saduceos; aquellos judíos que formaban parte de la jerarquía judía de la época y de casta sacerdotal. Tampoco podría identificarse a Jesús con el grupo de los fariseos y escribas, que era el sector culto y celoso del cumplimiento de la ley judía que se constituía legítimamente como el cuerpo que conservaba y enseñaba la ley judía. No era tampoco del grupo de los esenios, este sector del judaísmo más piadoso y radical que buscaba apartarse del mundo y vivir de manera más extrema y aislada esperando el juicio final con purificaciones, ayuno y penitencia privándose de la vida mundana. Ni tampoco podemos a ubicar a Jesús en ese otro grupo judío llamado de los zelotas, que radicalizaban la confianza en la liberación a través de un Mesías esperado y se convertían en revolucionarios adversarios del sistema dominante del momento como lo era el Imperio romano y acabaron sacrificados tras la resistencia de Masada pocos años después de los tiempos de Jesús.


Este hombre, judío pero no atrapado en ninguna de estas categorías de su tiempo, conformó un grupo de discípulos, diversos entre sí y poco relevantes respecto a sus paisanos… un grupo de periferia que tras la aprehensión y sentencia a muerte de su líder, siguieron ellos el mismo destino de persecución y estigmatización por parte de sus conciudadanos; fueron tachados de ser secta, se les calumniaba diciendo que se juntaban para hacer sacrificios e incluso comerse a los niños… fueron tiempos complicados, difíciles y de mantener viva su fe y conservar y transmitir las tradiciones a puertas cerradas, a celebrar su fe y sus ritos de maneras clandestinas y entregadas con martirio y actos heroicos. Todo un grupo que desde la periferia fue llegando al centro.


Eso cambio con los tiempos y, tras unos siglos después, se convirtió en la religión oficial del Imperio romano y muchas cosas cambiaron; una fe inicial y carismática se institucionalizó y se conformó una Iglesia ya de línea universal y estructurada, que reconfiguró su organización interna y sistematizó sus contenidos de fe y su debida traducción a formas de vida y elementos de moralidad y liturgia bajo una animación central desde la Roma Imperial.


Un grupo periférico marcó después, a lo largo de los siglos, configuración de buena parte del occidente del mundo conocido y sus expansiones a lo largo de los siglos. Una situación que hasta hoy en día se puede considerar una religión de centro… que junto a otras grandes religiones marcan las formas de vida y cosmovisiones de millones y millones de personas en todo lo ancho y largo del mundo.


Este repaso súbito nos hace mirar lo que ya decía un teólogo respecto a la historia de la Iglesia (J. Moltmann) que ahí donde algo nace como carismático (relevancia), el paso pendular del tiempo le lleva a oscilar luego a lo institucional (identidad)…. Donde no siempre el equilibrio es fácil: pues el carisma es algo que destaca en lo relevante, que brilla, que atrae, que es como un imán que arrastra tras de sí… aunque falte orden y estructura lo cual se puede considerar como una carencia o límite. Pero cuando se pasa al otro extremo y eso que inició carismático se va pasando al lado de lo institucional, se gana en identidad, pues se sabe conservar muy bien lo que corresponde y lo que no a esa forma de vida, se garantiza lo que entra coherentemente en dichos contenidos y dogmas… pero se pierde en relevancia, puede ponerse como falto de atracción, algo frío, aburrido, asfixiante.


Es difícil encontrar el balance, y no es el lugar aquí para juzgar y ver en que posición se está… pues la historia lleva a que todo grupo (como lo puede ser el caso de una religión-iglesia) pase diversas fases en su vida… y dentro del cual encuentre en su propio seno a gente que reforme y revigorice lo que ahí… de ahí que en una institución surgen personas disruptivas que influyen con su carisma y renuevan elementos de la estructura de identidad y la reconfiguran… como también una institución con sus bases firmes que sostienen su identidad llegan a regular tantos impulsos carismáticos tan relevantes que pudiesen diluir la identidad y perder el sentido comunitario y conservación de una valiosa tradición de lo que fue el origen de esa cosmovisión.


Quienes formamos parte de una Institución -que hoy podríamos llamar de centro- no necesariamente deberíamos de mirar con sospecha y desconfianza una voz disonante que provenga de la “periferia”, quizá pudiese ser una voz de carisma que podrá ayudar a refrescar una identidad segura y rígida, pero carente de relevancia. Y, si… porqué no, también cuando sintamos que somos una voz alternativa y discordante que viene desde la periferia, no podemos olvidar que esa estructura de centro y que ha podido conservar una identidad milenaria, desde la cual ha sido posible que yo llegue a tener eso que soy que me ha hecho capaz de conformarme como lo que soy… un miembro más de esta gran familia que pretende llevarnos a todos a vivir con dignidad en esta casa común.

“El lado periférico de las religiones y espiritualidades”

Muchas de las religiones institucionalizadas que hoy conocemos no nacieron así de organizadas y sólidas como las contemplamos actualmente. La mayoría de ellas -si no es que todas- nacieron en la marginalidad, en la periferia.


El caso del cristianismo, del cual formo parte, ha tenido este mismo camino… dentro de una religión predominante como lo era el judaísmo en ese contexto de la cultura semita, surgió un judío marginal, quien vivió y murió siendo judío, pero desde el cual se desprendió una nueva manera de entender la relación con Dios, la identificación del mensaje con el mensajero, un nuevo pueblo, una perspectiva y modelo de vida que llevaría a un cambio en el mundo entero.


Jesús pertenecía a un sector social que no precisamente era considerado de estirpe ni privilegiado en status social como lo era la casta de los saduceos; aquellos judíos que formaban parte de la jerarquía judía de la época y de casta sacerdotal. Tampoco podría identificarse a Jesús con el grupo de los fariseos y escribas, que era el sector culto y celoso del cumplimiento de la ley judía que se constituía legítimamente como el cuerpo que conservaba y enseñaba la ley judía. No era tampoco del grupo de los esenios, este sector del judaísmo más piadoso y radical que buscaba apartarse del mundo y vivir de manera más extrema y aislada esperando el juicio final con purificaciones, ayuno y penitencia privándose de la vida mundana. Ni tampoco podemos a ubicar a Jesús en ese otro grupo judío llamado de los zelotas, que radicalizaban la confianza en la liberación a través de un Mesías esperado y se convertían en revolucionarios adversarios del sistema dominante del momento como lo era el Imperio romano y acabaron sacrificados tras la resistencia de Masada pocos años después de los tiempos de Jesús.


Este hombre, judío pero no atrapado en ninguna de estas categorías de su tiempo, conformó un grupo de discípulos, diversos entre sí y poco relevantes respecto a sus paisanos… un grupo de periferia que tras la aprehensión y sentencia a muerte de su líder, siguieron ellos el mismo destino de persecución y estigmatización por parte de sus conciudadanos; fueron tachados de ser secta, se les calumniaba diciendo que se juntaban para hacer sacrificios e incluso comerse a los niños… fueron tiempos complicados, difíciles y de mantener viva su fe y conservar y transmitir las tradiciones a puertas cerradas, a celebrar su fe y sus ritos de maneras clandestinas y entregadas con martirio y actos heroicos. Todo un grupo que desde la periferia fue llegando al centro.


Eso cambio con los tiempos y, tras unos siglos después, se convirtió en la religión oficial del Imperio romano y muchas cosas cambiaron; una fe inicial y carismática se institucionalizó y se conformó una Iglesia ya de línea universal y estructurada, que reconfiguró su organización interna y sistematizó sus contenidos de fe y su debida traducción a formas de vida y elementos de moralidad y liturgia bajo una animación central desde la Roma Imperial.


Un grupo periférico marcó después, a lo largo de los siglos, configuración de buena parte del occidente del mundo conocido y sus expansiones a lo largo de los siglos. Una situación que hasta hoy en día se puede considerar una religión de centro… que junto a otras grandes religiones marcan las formas de vida y cosmovisiones de millones y millones de personas en todo lo ancho y largo del mundo.


Este repaso súbito nos hace mirar lo que ya decía un teólogo respecto a la historia de la Iglesia (J. Moltmann) que ahí donde algo nace como carismático (relevancia), el paso pendular del tiempo le lleva a oscilar luego a lo institucional (identidad)…. Donde no siempre el equilibrio es fácil: pues el carisma es algo que destaca en lo relevante, que brilla, que atrae, que es como un imán que arrastra tras de sí… aunque falte orden y estructura lo cual se puede considerar como una carencia o límite. Pero cuando se pasa al otro extremo y eso que inició carismático se va pasando al lado de lo institucional, se gana en identidad, pues se sabe conservar muy bien lo que corresponde y lo que no a esa forma de vida, se garantiza lo que entra coherentemente en dichos contenidos y dogmas… pero se pierde en relevancia, puede ponerse como falto de atracción, algo frío, aburrido, asfixiante.


Es difícil encontrar el balance, y no es el lugar aquí para juzgar y ver en que posición se está… pues la historia lleva a que todo grupo (como lo puede ser el caso de una religión-iglesia) pase diversas fases en su vida… y dentro del cual encuentre en su propio seno a gente que reforme y revigorice lo que ahí… de ahí que en una institución surgen personas disruptivas que influyen con su carisma y renuevan elementos de la estructura de identidad y la reconfiguran… como también una institución con sus bases firmes que sostienen su identidad llegan a regular tantos impulsos carismáticos tan relevantes que pudiesen diluir la identidad y perder el sentido comunitario y conservación de una valiosa tradición de lo que fue el origen de esa cosmovisión.


Quienes formamos parte de una Institución -que hoy podríamos llamar de centro- no necesariamente deberíamos de mirar con sospecha y desconfianza una voz disonante que provenga de la “periferia”, quizá pudiese ser una voz de carisma que podrá ayudar a refrescar una identidad segura y rígida, pero carente de relevancia. Y, si… porqué no, también cuando sintamos que somos una voz alternativa y discordante que viene desde la periferia, no podemos olvidar que esa estructura de centro y que ha podido conservar una identidad milenaria, desde la cual ha sido posible que yo llegue a tener eso que soy que me ha hecho capaz de conformarme como lo que soy… un miembro más de esta gran familia que pretende llevarnos a todos a vivir con dignidad en esta casa común.

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