/ miércoles 2 de octubre de 2019

“Biblioteca de la periferia”

Columna: “El Mexicano”

Juan Carlos Quirarte Méndez

Salesiano, sacerdote. Doctor en Antropología Social

“La deuda a la periferia”

Confieso que tengo una deuda grande hacia un sector tan relevante de nuestra sociedad mexicana, me refiero al sector de los pueblos originarios. Aquí podría decir -si quisiera encontrar alguna justificación que aminore mi culpa- que los niveles de responsabilidad están distribuidos: una primera falla está en los discursos dominantes que han influenciado desde mi infancia con una narrativa que colocaba peyorativamente todo lo referido a los indígenas, es decir: se colocaban casi en plano de sinónimos el concepto de indio con una larga lista de calificativos sino denigrantes, si faltos de tacto y relativos hacia ignorancia, pobreza, incluso suciedad. Da pena reconocerlo hoy en día, pero se sufría esos bombardeos que llenaban y fortalecían los imaginarios hasta volverse estereotipos y universalismos en todo lo referente a quienes se categorizaban en este sector.

Un segundo nivel de culpa lo pudiera tener el sistema educativo que me tocó cursar, donde se plasman algunas pinceladas sobre los pueblos originarios cuando se cuenta la historia de nuestros pueblos pero se les instala como piezas de museo, realzando las proezas y grandes proezas y legados culturales que nos han dejado nuestros ancestros, pero que no hacen una conexión con el presente porque muchas de estas tradiciones siguen vivas y se les quiere instalar como prácticas obsoletas y hasta opuestas a un llamado “progreso”, o “desarrollo” e inclusive “civilización”.

Un tercer nivel de responsabilidad en esta deuda la tengo yo mismo, que me he conformado con muchos saberes “a medias” respecto a las formas de vida de estos pueblos vivientes, de estos que siguen un gran legado de tradiciones y formas de vida que enriquecen y que contienen profundas y maravillosas formas de conexión con el mundo, con sus pares, con su interioridad, con su expresión religiosa y espiritual. Esta parca apreciación ha impedido que me atreva a una independencia epistemológica del “centro”… es decir: he venido asumiendo más una repetición de modelos de concepción del mundo y de racionalizar desde la visión “euro-norte-centrista-occidental” y no desde la otra que también se tiene desde las apreciaciones de los “americo-sur-periférico” que también tiene su gran riqueza y que muchas veces no he valorado como auténticos pensamientos filosóficos y teológicos.

No puedo dejar sin culpa al mercado, que también ha representado una imagen del mundo indígena como un producto más a comercializar, y ciertamente me encanta usar vestimentas y atuendos que contienen simbologías y tradiciones de los pueblos orginarios, pero llega tantas veces sólo hasta el nivel de lo folklórico y el exotismo.

No pretendo decir que sean malas muchas de las cosas enunciadas, no es aquí el lugar ni me siento el indicado tampoco para estar en la posición de un juez. Pero sí considero importante reconocer que existe una deuda de mi parte con esta dimensión tan viva y rica de mi pueblo al que pertenezco y del que mis propios rasgos físicos expresan pertenencia.

Tan bien es reconocer y llenarse de orgullo por nuestros ancestros que han forjado un conjunto de pueblos con cultura rica y pensamiento rico de valores y contribuciones para una convivencia en este universo, pero también es necesario y justo valorar y reconocer a quienes siguen vivos y siguen manteniendo esa cultura viva. Que no es sinónima de pobre, ni de sucia, ni de ignorante, sino por el contrario… es muestra viviente de un grande y vasto escenario de riqueza y generoso acervo para nutrir nuestros espíritus, nuestras mentes, nuestras relaciones.

Nos podrá resultar muy simplista ese modo en que de pronto se quiere hablar de los grupos y pueblos originarios con la categoría de: “los indígenas” como si todos fuesen un mismo bloque, como si todos hablaran la misma lengua, como si todos tuviesen un mismo sistema de creencias y prácticas sobre las mismas. Existe en ese grande grupo una grande diversidad interna. Es tiempo de recuperar esa visión sobre quienes han tratado de mantener en la periferia, y hacerla centro desde nuestra apreciación, desde nuestra inquieta curiosidad de conocer y de los cuales aprender, así como desde el respeto a la diversidad y la unidad.

Nunca es tarde para poder enmendar la deuda.

Columna: “El Mexicano”

Juan Carlos Quirarte Méndez

Salesiano, sacerdote. Doctor en Antropología Social

“La deuda a la periferia”

Confieso que tengo una deuda grande hacia un sector tan relevante de nuestra sociedad mexicana, me refiero al sector de los pueblos originarios. Aquí podría decir -si quisiera encontrar alguna justificación que aminore mi culpa- que los niveles de responsabilidad están distribuidos: una primera falla está en los discursos dominantes que han influenciado desde mi infancia con una narrativa que colocaba peyorativamente todo lo referido a los indígenas, es decir: se colocaban casi en plano de sinónimos el concepto de indio con una larga lista de calificativos sino denigrantes, si faltos de tacto y relativos hacia ignorancia, pobreza, incluso suciedad. Da pena reconocerlo hoy en día, pero se sufría esos bombardeos que llenaban y fortalecían los imaginarios hasta volverse estereotipos y universalismos en todo lo referente a quienes se categorizaban en este sector.

Un segundo nivel de culpa lo pudiera tener el sistema educativo que me tocó cursar, donde se plasman algunas pinceladas sobre los pueblos originarios cuando se cuenta la historia de nuestros pueblos pero se les instala como piezas de museo, realzando las proezas y grandes proezas y legados culturales que nos han dejado nuestros ancestros, pero que no hacen una conexión con el presente porque muchas de estas tradiciones siguen vivas y se les quiere instalar como prácticas obsoletas y hasta opuestas a un llamado “progreso”, o “desarrollo” e inclusive “civilización”.

Un tercer nivel de responsabilidad en esta deuda la tengo yo mismo, que me he conformado con muchos saberes “a medias” respecto a las formas de vida de estos pueblos vivientes, de estos que siguen un gran legado de tradiciones y formas de vida que enriquecen y que contienen profundas y maravillosas formas de conexión con el mundo, con sus pares, con su interioridad, con su expresión religiosa y espiritual. Esta parca apreciación ha impedido que me atreva a una independencia epistemológica del “centro”… es decir: he venido asumiendo más una repetición de modelos de concepción del mundo y de racionalizar desde la visión “euro-norte-centrista-occidental” y no desde la otra que también se tiene desde las apreciaciones de los “americo-sur-periférico” que también tiene su gran riqueza y que muchas veces no he valorado como auténticos pensamientos filosóficos y teológicos.

No puedo dejar sin culpa al mercado, que también ha representado una imagen del mundo indígena como un producto más a comercializar, y ciertamente me encanta usar vestimentas y atuendos que contienen simbologías y tradiciones de los pueblos orginarios, pero llega tantas veces sólo hasta el nivel de lo folklórico y el exotismo.

No pretendo decir que sean malas muchas de las cosas enunciadas, no es aquí el lugar ni me siento el indicado tampoco para estar en la posición de un juez. Pero sí considero importante reconocer que existe una deuda de mi parte con esta dimensión tan viva y rica de mi pueblo al que pertenezco y del que mis propios rasgos físicos expresan pertenencia.

Tan bien es reconocer y llenarse de orgullo por nuestros ancestros que han forjado un conjunto de pueblos con cultura rica y pensamiento rico de valores y contribuciones para una convivencia en este universo, pero también es necesario y justo valorar y reconocer a quienes siguen vivos y siguen manteniendo esa cultura viva. Que no es sinónima de pobre, ni de sucia, ni de ignorante, sino por el contrario… es muestra viviente de un grande y vasto escenario de riqueza y generoso acervo para nutrir nuestros espíritus, nuestras mentes, nuestras relaciones.

Nos podrá resultar muy simplista ese modo en que de pronto se quiere hablar de los grupos y pueblos originarios con la categoría de: “los indígenas” como si todos fuesen un mismo bloque, como si todos hablaran la misma lengua, como si todos tuviesen un mismo sistema de creencias y prácticas sobre las mismas. Existe en ese grande grupo una grande diversidad interna. Es tiempo de recuperar esa visión sobre quienes han tratado de mantener en la periferia, y hacerla centro desde nuestra apreciación, desde nuestra inquieta curiosidad de conocer y de los cuales aprender, así como desde el respeto a la diversidad y la unidad.

Nunca es tarde para poder enmendar la deuda.

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