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“Biblioteca de la periferia”

  • Juan Carlos Quirarte Méndez

“Entre la autoridad y el poder”

Da más fuerza saberse amado que saberse fuerte -aseguraba Goethe- y esa certeza puede lograr incluso que la persona que se sabe amada llegue a hacerse invulnerable.

Cuando en la sociedad se tiene bajo su tutela a un grupo, sea una sociedad entera, o un grupo de un aula, inclusive en la propia casa los hijos, sobrinos, etc. Existen estas dos maneras de conducirse que a veces se suele confundir: la autoridad y el poder.

Pero conviene desmenuzar un poco estos dos conceptos para tener mayor atención cuando en nuestra vida tenemos la tutela o responsabilidad de otros, y más cuando estos otros son una “periferia”, es decir: no son quienes toman en sí las decisiones, o dependen mucho de lo que desde el “centro” se establezca.

Autoridad, viene del latín augeo (desde ahí se desprende a nuestro idioma en auge, aupar según sus tiempos y conjugaciones o las llamadas formas nominales) lo cual da un sentido de “aumentar”, de “hacer crecer”, por lo que autoridad entendida como autor no es sólo quien crea, sino también quien hace que algo crezca y se desarrolle. y siendo “auctoritas”, se puede entender que es “quien auxilia” “quien hace crecer”. Pero quizá toda esta raíz de la palabra nos haga pensar que estamos hoy en día muy lejos de entender ese concepto de tal manera.

Por otra parte, la autoridad -al modo en que se entiende y se nombra hoy en día-, se comprende como actuación legitimada, es decir: existe algún texto o algún acuerdo que hace que ciertas personas tengan potestad sobre otras en base a un marco de la ley. Sólo que el concepto ha virado a dejar de entenderse muchas veces como quien hace que se crezca, para entenderse más bien como elemento de poder sobre los otros.

El poder sedujo la autoridad, y lo que pudiera ser un gesto de auxiliar para que los otros crezcan y se desarrollen, se convierte muchas de las veces en actos de manipulación y dominación, de control, de sometimiento y estancamiento que, a veces es bajo una violencia o coerción punitiva o, algunas otras veces bajo el impedimento de que los otros crezcan (lo cual también es violencia).

Es bueno -pudiera así decirse- que exista autoridad de unos sobre otros, si se entiende en su sentido más genuino el concepto de autoridad. Pues en una sociedad se establecería que quien está en mejor condición que los otros auxilia -con su autoridad- a que también puedan ellos acceder a su nivel de vida y desarrollen sus habilidades. Pero pareciera que nuestra sociedad vive bajo una idea dominante de algunos, de que conviene que muchos no crezcan, que exista una dependencia permanente para que la autoridad -ahora entendida negativamente- pueda ejercer su poder a plena voluntad sobre los otros.

Cuando la autoridad deja de entenderse como servicio o auxilio para que se crezca, entra con fuerza el sentido de autoridad como poder, como manera de controlar y permitir que exista esa distinción entre quienes puedan acumular y quienes carezcan de los mínimos.

Iniciaba diciendo que es muy bueno saberse amado… quien ha vivido bajo una buena autoridad lo puede entender y aceptar, pues incluso esa autoridad puede llevarse bajo la categoría del amor, aquella que hace que las personas se sientan plenas, aun en condiciones adversas, de ahí que concluyo con esta frase milenaria, que hoy con un lenguaje moderno diríase que aborda o refiere una “sociedad resiliente”… En mis términos, yo lo diría como una comunidad que se sabe amada por el que mejor nos ha amado:

“unas veces nos honran y otras nos insultan; recibimos tanto críticas como alabanzas; pasamos por mentirosos, aunque decimos la verdad; por desconocidos, aunque nos conocen. Nos dan por muertos, pero vivimos; nos castigan, pero no somos ajusticiados; con muchas penas pero permanecemos alegres. Somos pobres, pero enriquecemos a muchos; como quienes nada tienen, pero poseemos todo” (2 Cor. 8-10).