imagotipo

Biblioteca de la periferia

  • Juan Carlos Quirarte Méndez

Nuestras sociedades actuales nos han venido influyendo a que no distingamos estos dos términos: necesidad y deseo. Por el contrario, el bombardeo de ideas han instalado un imaginario en nuestra sociedad donde muchas de las veces los usamos como sinónimos.

Las necesidades son imprescindibles y, podríamos decir, un imperativo vital para el ser humano, es algo que requiere satisfacerse: la sed, el hambre, el descanso…, son cuestiones que van más allá de si me apetece o no. Padezco sed, debo beber para satisfacerla, padezco hambre, debo alimentarme para satisfacerla, padezco cansancio, debo descansar para recuperarme.

Lo riesgoso de no saber distinguir es que, en muchas de las ocasiones, confundimos un deseo con una necesidad. El deseo viene tanto de la voluntad como del conocimiento, es el anhelo. Pero un deseo, a diferencia de una necesidad, es algo de lo que en ocasiones se puede prescindir, es algo que puede ser también libre o con aceptación, negado.

Cuántas veces deseo beber algo, no por necesidad de saciar la sed sino por el antojo específico de cierta bebida. Y entonces es cuando descubrimos que yo “necesito” beber porque tengo sed, pero el deseo es que se me apetece o una limonada, o una cerveza, o agua mineral…. Podría privarme de que sea de tal o cual marca, de tal o cual estilo de bebida, de lo que no debo prescindir es de satisfacer una necesidad como lo es la sed.

De hecho, en el esfuerzo por la apariencia, cuando muchas de las veces nos es imposible acceder a ciertas marcas de ropas y accesorios, como la sociedad del consumo nos impulsa muchas veces a entenderlas como deseo lo que es una necesidad (el vestirse), entonces se intenta “al menos” con la apariencia, y de ahí el auge de las prendas “piratas”, de las marcas “no originales” que podría entenderse como una autocomplacencia o sublimar ese deseo.

Desear muchas cosas no es lo mejor, pues podríamos caer en una frustrada condición por no poder satisfacer todo lo anhelado. Por algo el budismo nace precisamente de esa concepción, de que el deseo es un elemento que puede traer infelicidad.

Ojalá nuestra sociedad, tratando de ser más justa, procurase que todos los miembros de su sociedad pudiesen satisfacer todas sus necesidades, y no, como más bien vemos que sucede, se convierta nuestra sociedad en un impulso convulsivo por colocar deseos (de consumo) de tal modo que sigue engendrando marginación, violencia por alcanzarlas.