imagotipo

No Ficción

  • Andrés Pedroza García

“Un trono no concede automáticamente ni amor ni respeto verdadero: solo garantiza adulación, temor y servilismo”.

Fernando Zavater. Ética para Amador

Ética para Amador llegó a mis manos gracias a mi esposa. Mientras me encontraba leyendo El zumbido y el moscardón de Javier Darío Restrepo, surgió de golpe el nombre de Zavater y de su Ética para Amador asociados a un dilema ético. Tanto el autor como el libro se quedaron girando en mi cabeza, aunque debo reconocer que no lo consideré como para buscarlo y leerlo.

No pasaron ni dos días cuando, platicando después de la comida, mi esposa me reseñaba muy entusiasmada el libro ya mencionado. Ni para qué decir que en ese momento se lo pedí, y tan pronto como me fue posible, me lancé a leerlo. Mucho, muchísimo de rescatable hay en Ética para Amador, sin embargo, hoy me concentro en las líneas que cité al inicio de este texto.

Hace unos días tuvimos en el Centro Cultural Universitario la visita de Andrés Manuel López Obrador, en ese entonces virtual presidente electo, hoy de hecho. Muchos detalles puedo rescatar de su visita, pero de entre todos ellos, tomo los siguientes:

El lugar del evento fue muy pequeño para la gran cantidad de personas que llegaron, sin embargo – y pese a que muchos se quejaron de la desorganización -, no hubo verdadero desorden, sino falta de espacio. Al pequeño caos que se formó en la puertas de acceso al teatro se impusieron la civilidad, decencia, paciencia y comprensión de la mayoría de los asistentes. Y vaya que era difícil mantenerse ecuánime en medio de aquél tumulto. Todos querían entrar, pero comprendieron que era imposible.

La prensa llegó en un número nunca antes visto. Imposible que cupieran en el espacio designado. Y a pesar de uno o dos alebrestados, todos los periodistas comprendieron la falta de espacio. Más aún, colaboraron con los organizadores: sobre todos con los responsables de acreditar a la prensa, que desde el primer minuto se vieron rebasados.

Traigo a colación lo anterior porque contrasta con las visitas presidenciales que ya hemos vivido en la ciudad. En las ocasiones anteriores el Estado Mayor llega y reina sobre todo y todos. Impone, organiza, decide, actúa. Nadie se atreve a contradecirlos, nunca. Sobre ese aparente orden, se desplaza despiadada la sombra de la frustración, del enojo contenido, de las ganas de mandarlos lejos.

En esas visitas se recibe al presidente por su investidura: solo hay adulación, temor y servilismo.

Lo que vi el 7 de agosto fue distinto. Y me pareció bueno. Hoy me atrevo a pedir, como una oración muy sentida, que vivamos esa misma sensación en la elección de nuestro próximo rector. Que no sea una imposición, sino el resultado de una elección inteligente, en la que el ganador sea el mejor.