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No Ficción

  • Andrés Pedroza García

Para hacer algo, hay que conjugar dos premisas: querer y poder. Hay quien quiere ir al cine, pero no puede. Otros pueden, pero no quieren. Y con esa premisa, se toman todas las decisiones.

En ciertos ámbitos y circunstancias, el querer y el poder deberían estar supeditados al deber. Pero no siempre ocurre. Para muestra, los siguientes ejemplos:

La policía debe acabar con la violencia. No han podido. O no han querido.

Los políticos deben ser honestos. No han querido.

Y así, podríamos seguir con una lista interminable en la que, si no están presentes las dos disyuntivas, es imposible avanzar.

El caso de las mujeres asesinadas en Juárez parece conjugar para mal las dos posibilidades. No se ve que las autoridades quieran ni puedan detenerlo.

Detener esos asesinatos dolosos, lacerantes, atroces, es deber de las autoridades. Esas mismas que se propusieron ante el electorado enarbolando esa bandera (y si no lo hubieran hecho, que aberración política –y moral- hubiera sido) para lograr ganar los votos. Hoy están a cargo del municipio, del estado, de la federación. Por deber no queda. Ahora falta el querer… y el poder.

Los ciudadanos quisiéramos acabar con esos crímenes, pero no podemos: la justicia no está (ni debería estar en un estado de derecho) en nuestras manos. Queremos, con toda el alma queremos, pero no podemos.

Estoy seguro que en el fondo las autoridades también quieren que esto acabe. Si no fuera así, tendríamos una vergonzosa, absurda y estúpida representación popular. Decía que estoy seguro que quieren, pero no han podido. Y es aquí donde todo se descompone. ¿Por qué no ha podido? Las variables se multiplican: por incapacidad, indiferencia, complicidad, corrupción, desinterés, apatía, “valemadrísmo”. De cualquier forma, el resultado sigue siendo el mismo: los asesinatos siguen, la impunidad sienta sus reales, y todos vivimos en un estado de zozobra del que solo se salvan (y no siempre) los que tienen seguridad armada que los protege.

Porque ¿qué inseguridad pueden sentir nuestras autoridades cuando van rodeadas de un enjambre de escoltas, policías y hasta ambulancias cada vez que recorren hasta la más mínima distancia en la ciudad o en el estado? Ellos quieren estar seguros y pueden hacerlo. Solo que no se vale que nada más ellos puedan, mientras el resto de los ciudadanos nos comemos las uñas esperando que no nos pase nada.

La inseguridad nos ha llevado al extremo de convertirnos en prisioneros de nuestras propias casas. Podemos vivir sin rejas, pero no queremos. La sensación de indefensión nos obliga a poner protección hasta en las diminutas ventanas de los baños.

No deberíamos vivir encerrados, pero queremos hacerlo y nos obligamos a ello para sentir aunque sea un poco de seguridad detrás de las rejas y barrotes que, por mucho que tengan bellos diseños, siguen siendo resultado de una ciudad en la que día a día nos sentimos más expuestos.